Una de las cosas que más me gusta de la historia es que nos permite contrastar. Tú coges un lugar, un suceso, o cualquier compromiso electoral, lo pones al trasluz del paso del tiempo, y ¡PAM! De inmediato aparecen nítidos los cambios, las líneas discrepantes, los renuncios. Funciona como la foto antigua de un paisaje cotidiano que, emplazada en el ángulo adecuado, nos revela el cauce de un arroyo o una plaza arbolada donde ahora solo hay un Mercadona rodeado de asfalto. Este verano he tenido la oportunidad de comprobarlo en mi propio pueblo, al comparar su panorama actual con el del primer tercio del siglo XX. Y la verdad, pensaba que las Misiones Evangelizadoras serían más propias del pasado que del 2026.
Me refiero a la II Misión Evangelizadora que viví el 26 de julio. Enmarcada dentro del (coge aire) Año Jubilar de La Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Hermandad y Cofradía de María Santísima de la Soledad en su Mayor Dolor y Amargura, esta liturgia extraordinaria ha sido la segunda parte de una trilogía que arrancó en 2024, cuando la Diócesis de Córdoba envió «un buen número de misioneros» a «un pueblo bueno, pero sediento de Dios», para «reavivar su fe». Guau. Aquella veraniega mañana de domingo iba yo tan tranquilo a por churros, cuando de pronto me topé con la procesión evangelizadora: las dos imágenes sagradas, el cura con casulla dorada, un guardia civil de tricornio, y detrás toda la feligresía. Me quedé ojiplático. Aunque la verdadera sorpresa me la llevé unos días más tarde, tras leer al historiador Arcángel Bedmar, cuando comprendí que en la misma calle donde me había asaltado la Santa Compaña estuvo una vez El Disipar de las Tinieblas, el centro obrero de la CNT. Como decía, los blancos y negros de la historia.
Porque, aunque hoy no se note, mi pueblo fue uno de esos en los que se vivió El corto verano de la anarquía. De aquella época quedan vestigios, como el edificio que albergó a una agrupación libertaria de nombre tan fardón, hoy convertido en centro cultural del municipio, o los archivos de los Consejos de Guerra de Córdoba, que confirman la resistencia anarquista en el pueblo durante los primeros meses de la Guerra Civil —dependiendo del dossier consultado, fueron 70, 72 o 74 días, pero siempre bajo el «poder rojo»—. Y Bedmar, en su libro Nueva Carteya 1903-1943, ha sabido reunir y darle sentido a todas esas huellas dispersas y erosionadas, revelando el mosaico de la revolución social en este rincón de la campiña cordobesa.
Pero hasta llegar a su momento decisivo, el movimiento obrero en Nueva Carteya recorrió un largo camino, del cual dejó constancia Juan Días del Moral en Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Desde la fundación de la primera Sociedad Obrera de Agricultores en 1903, hasta su acercamiento a la causa libertaria de la mano de José Sánchez Rosa, las luchas campesinas del pueblo siempre estuvieron marcadas por la miseria y la pobreza propias del campo andaluz. El paro —ya fuese por malas cosechas, o forzado por los terratenientes— suponía el principal padecimiento de aquellos jornaleros convencidos de que no existía «razón ninguna, por respetable que parezca, ni aun la del orden social, para dejar morir de hambre a las muchedumbres de obreros manuales». Por eso se encomendaron a las revueltas, como en la sublevación de 1905 contra el abusivo impuesto de consumos, o en las continuadas huelgas generales mantenidas entre 1917 y 1919. Durante aquellos tres años, definidos por del Moral como «el trienio bolchevista», «Carteya declaró tres veces en siete días la huelga general», se fundó en el número 48 de la Calle Calvario la Sociedad El Disipar de las Tinieblas, y varios de sus miembros participaron en el Congreso de la Federación Nacional de Agricultores (FNA) de 1918 en Valencia, donde se acordaría la integración de la FNA en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y se resolvería utilizar como herramienta de lucha «la expropiación, que está contenida en nuestro lema “La tierra, para los que la trabajan”».
Aquel pujante movimiento obrero y anarquista pronto estuvo en el punto de mira de la reacción. Durante la dictadura de Primo de Rivera se prohibieron en el pueblo las organizaciones campesinas, se clausuró el centro de trabajadores —el Centro Obrero pasó a ser el Sindicato Católico Agrario— y se encarcelaron a sus afiliados. Solo en los últimos años del régimen, aprovechando una ligera apertura, el movimiento obrero de Nueva Carteya consiguió reorganizarse. A partir de entonces coexistirían dos vertientes, la anarquista y la socialista —la Agrupación Socialista se fundó el 18 de marzo de 1931—, y, aunque desde diferentes postulados, ambas se dedicaron a defender las demandas y reivindicaciones de los campesinos que tras décadas seguían siendo igual de vigentes y urgentes. A pesar de ello, en las elecciones del 12 de abril, las que precipitarían la llegada de la II República, en Nueva Carteya ganaron los monárquicos. Arcángel Bedmar atribuye esta victoria al enorme peso del abstencionismo anarquista en la villa, donde por aquellas fechas «más de mil vecinos militaban en la Sociedad Obrera Disipar Tinieblas». No fue hasta el 31 de mayo, tras una segunda vuelta celebrada en algunos municipios, cuando se conformó un consistorio con seis concejales socialistas, siendo elegido alcalde Juan Caballero Polo.
Para relatar lo vivido en el pueblo durante la II República y tras el fallido golpe de Estado del 18 de julio de 1936, el historiador Bedmar cuenta con un testigo de excepción: Nemesio Oteros Polo. Nacido en Nueva Carteya en 1907, Nemesio fue un agricultor afiliado a la CNT desde 1930. Se formó en el sindicato y colaboró en diversas publicaciones libertarias —firmando a veces como Nardo—, como El Luchador, Cultura Proletaria, o Tierra y Libertad, entre otras. Ante la amenaza fascista formó parte del Comité de Defensa del pueblo, y desde su exilio en Francia escribió El mundo que yo he visto. Un pueblo de Andalucía, sus memorias sobre Nueva Carteya y la Guerra Civil.
Gracias a su escrito contamos hoy con un testimonio único sobre la vida en el pueblo durante aquellos años. Por ejemplo, el anarcosindicalista explica que la esperada reforma agraria del gobierno republicano a penas tuvo efecto en el municipio. Rodeada entonces completamente por el término de Baena, Nueva Carteya carecía de terrenos propios que poder repartir. Se intentó buscar una solución por la vía parlamentaria, y Nemesio llegó a personarse junto a una comitiva local en el Congreso de los Diputados, pero los ritmos de la burocracia política impidieron encontrar una salida. Por sus artículos en El Luchador también sabemos que, durante los años de la República, en el municipio hubo varias parejas unidas libremente al margen de la iglesia, «sin tener cadenas que los opriman ni zánganos que los exploten». Y, por supuesto, el relato de Nemesio nos permite conocer de primera mano lo ocurrido durante el inicio de la guerra en este pequeño pueblo cordobés.
En la famosa foto de Robert Capa, Muerte de un miliciano (titulada oficialmente Loyalist Militiaman at the Moment of Death, Cerro Muriano, September 5, 1936), aparece de fondo una hilera de montañas, las cuales ayudaron a determinar en 2009 que la instantánea —probablemente una imagen escenificada, captada por Gerda Taro el 4 de septiembre— no fue tomada en el frente de Cerro Muriano, sino en las inmediaciones del pueblo de Espejo. Pues bien, a las faldas de aquellos cerros se encuentra Nueva Carteya. Aquel 4 de septiembre de 1936 el pueblo aún continuaba fuera del alcance de los golpistas. Resistía. Pero lejos del heroísmo destilado de aquella icónica imagen que dio la vuelta al mundo, o de otras experiencias libertarias mejor pertrechadas en otros puntos de la península, el comunismo libertario desarrollado en Nueva Carteya fue precario, de pura subsistencia.
De acuerdo con Nemesio, los jornaleros se organizaron para preparar la defensa del pueblo tan pronto como tuvieron noticias del golpe: reunieron armas y detuvieron en la iglesia a los vecinos derechistas susceptibles de apoyar la insurrección. El sargento de la Guardia Civil destinado en Nueva Carteya, Fabián Rodríguez de la Llave, permaneció leal a la República y no interfirió en la defensa popular. Pero el día 20 de julio la localidad sufrió la primera incursión del autodenominado bando nacional. La columna del teniente Machuca permaneció en el pueblo hasta el día siguiente, cuando volvió a Córdoba llevándose consigo a de la Llave —el cual sería condenado a muerte meses más tarde—, y a los vecinos retenidos en el templo que así lo desearon. El encierro en la iglesia es uno de esos sucesos de la Guerra Civil que cualquiera en el pueblo conoce, aunque suele ir acompañado de una coletilla que, a fuerza de repetirse, se ha convertido en verdad: las intenciones homicidas de los milicianos. Dice el rumor que los campesinos habrían estado dispuestos a quemar la parroquia con los apresados dentro. Sin embargo, el testimonio de Nemesio contradice el típico relato de terror rojo, afirmando que el propio cura de la villa, Luis Castro Márquez, se negó a acompañar a la columna de militares, «dando una prueba de civismo y de confianza a los trabajadores del pueblo».
Tras esta incursión se formó el primer Comité de Defensa de Nueva Carteya compuesto, según el historiador Francisco Moreno en su libro La Guerra Civil en Córdoba (1936-1939), por Antonio Pavón, José María Pérez Aguilera, Juan Moyano Prieto, Tomás Cuevas Ortega, Francisco Roldán Rueda, José Martínez Palomino, Luís Úbeda Cañero y Francisco Pérez Serrano “Virtudes”. Y a los pocos días tuvieron que hacer frente a una nueva amenaza. El 28 de julio irrumpía en el pueblo la columna del coronel Sáenz de Buruaga, que contaba entre sus efectivos con dos baterías de artillería, infantería, guardia de asalto, guardia civil, y dos secciones de la Legión y de Regulares. Este enorme contingente militar desbarató sin dificultades cualquier defensa planteada. Los milicianos, armados con simples escopetas de caza, tuvieron que refugiarse en el monte. Mientras tanto, los militares de Sáenz de Buruaga mataron a más de una decena de personas, muchos de ellos civiles. La columna abandonó Nueva Carteya aquel mismo día en dirección Baena, donde se cometería una de las grandes matanzas de la guerra: durante dos días decenas de personas fueron asesinadas de un tiro en la nuca en la plaza del Ayuntamiento. Como testimonio de aquel crimen se conserva la confesión de un soldado sublevado.
Nemesio recuerda que, tras el paso de Sáenz de Buruaga, «el pueblo quedó como tierra de nadie». Los más jóvenes del lugar se fueron a Castro del Río, plaza fuerte de los cenetistas, pero la mayoría de los milicianos carteyanos, temerosos de nuevas represalias, se refugiaron en La Cumbre, en los olivares cercanos. En algún momento debió formarse un nuevo Comité de Defensa compuesto en exclusiva por miembros de la CNT: Rosas, Francisco Olmo Molina, Julio Carnerero Oteros, Cristóbal Ramírez Ortega, y el propio Nemesio Oteros Polo. Alrededor de este nuevo comité se crearon grupos armados de voluntarios —muchos de ellos socialistas—, encargados de la vigilancia del territorio, y se intentó gestionar la vida del municipio como buenamente se pudo. En el plano del abastecimiento se recurrió principalmente a la requisa de alimentos. De los cortijos y las fábricas de aceite aledañas se recogía cuanto había y se depositaba en graneros para distribuirlo entre el vecindario. De acuerdo con el testimonio de Nemesio, «se recogía trigo donde había para darles pan a todos los que lo necesitaban, sin diferencia ni discriminación por su forma de pensar tanto política como religiosa». Se utilizó el trueque con otros pueblos que continuaban bajo control republicano, como por ejemplo Bujalance, donde se cambió un camión de vinagre por uno de harina. Puesto que era época de siega, también se coordinó el trabajo común de la «recolección del grano para que no se perdiera la cosecha». Y se organizó una cocina para avituallar a las cuadrillas de defensores. Nemesio recalca que «lo importante era solucionar lo mejor posible los problemas que se presentaran».
En cualquier caso, aquella gestión desde la carencia estaba estrechamente ligada a la resistencia de Espejo y Castro del Río. De hecho, el anarcosindicalista castreño Alfonso Nieves Núñez visitó varias veces el pueblo para coordinar esfuerzos, y los milicianos de las tres poblaciones mantenían contactos frecuentes. Por eso, cuando Espejó cayó tras una dura batalla el 25 de septiembre, cientos de carteyanos se apresuraron a abandonar la localidad. Nemesio, como responsable del comité, fue el encargado de repartir salvoconductos para pasar a zona republicana. Pocos días más tarde, el 29 de septiembre, Nueva Carteya fue definitivamente ocupada por los golpistas procedentes de Cabra.
Durante aquellos setenta y pico días, al contrario que en otros pueblos, como Castro del Río o Baena, en Nueva Carteya no se desató la violencia contra los derechistas, o al menos así lo afirmó Nemesio:
«Dejamos el aceite de ricino en la farmacia para el que le hiciera falta fuese a por el voluntariamente. Las barberías ambulantes no se conocían. Y las mujeres, no importaba su clase social, a ninguna se les obligo a trabajar en parte alguna. Nadie se befaba de nadie.»
La única baja del bando sublevado ocurrida en el pueblo fue la del Guardia Civil de Cabra Ricardo Ruíz Puertas, acaecida durante una refriega con milicianos de Alcoy. Por el contrario, entre la guerra y la inmediata posguerra, el Glorioso Movimiento Nacional dejó tras de sí 73 muertes en Nueva Carteya. Algunas de las víctimas identificadas por Bedmar en su pormenorizado análisis fueron José Pérez Arenas, José Gómez Cárdenas y José González Cantillo —tres maestros depurados—, Feliciana Roldán Martínez, fusilada en Córdoba por haber bordado una bandera sindical en los años republicanos, o Julio González González, asesinado el 28 de julio en la incursión del coronel Sáenz de Buruaga, e inscrito en el registro civil «a consecuencia de la fenecida lucha contra el marxismo». Pero la violencia de los golpistas no se limitó a las ejecuciones. Por ejemplo, a Virtudes Pérez, madre del integrante de la Comisión de Defensa Francisco Pérez Serrano, la raparon y la obligaron a tomar aceite de ricino. A Juan Ramírez Luque, tío de mi abuela paterna, lo incomunicaron en la prisión de Córdoba y le incautaron sus bienes. Francisco Gómez Roldán, carteyano enrolado en el Ejercito Republicano, terminó sus días en Mauthausen.
Y de toda esta violencia fue cómplice la Iglesia católica. Citando a Bedmar:
«El apoyo que la iglesia prestó al bando sublevado durante la guerra le reportó importantes beneficios, como el control de la educación y la moral pública, su apabullante presencia en la vida social y la derogación de la legislación laica republicana.»
Siempre recordaré a mi abuelo paterno, nacido en 1933, contándome que su patrón le obligaba a llevar en procesión a la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El recorrido de Semana Santa pasaba justo por delante de su casa, un palco envidiado por cualquier capillita. Pues bien, en todos los años que lo conocí siempre se negó a ver la procesión. Hoy la fe resurge en el pueblo. Se ha pasado página, se ha olvidado el pasado, o se ha hecho por olvidar. Está bien. Pero el contraste de la historia siempre estará ahí.
Fuentes:
Bedmar, A. (2025). Nueva Carteya 1903-1943. Movimiento Obrero, II República, Guerra Civil y represión en la posguerra. Ayuntamiento de Nueva Carteya.
Díaz del Moral, J. (1993). Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1929).
Moreno Gómez, F. (1985). La guerra civil en Córdoba, 1936-1939. Editorial Alpuerto.
Bravo Rodríguez, M. J., Cañasveras Garrido, F., & Villatoro Sánchez, F. de P. (2020). La utopía campesina en Castro del Río. Asociación Cultural Cantamora.
Barragán Moraina, A. (2009). El “regreso de la memoria”: control social y responsabilidades políticas. Córdoba 1936-1945. El Páramo.
Luque, A. (03 de julio de 2024). La Diócesis enviará misioneros a Nueva Carteya para “reavivar la fe” en el pueblo. Cordópolis. https://cordopolis.eldiario.es/cordoba-hoy/sociedad/diocesis-enviara-misioneros-nueva-carteya-reavivar-fe-pueblo_1_11488659.html
Velasco, J. (7 de septiembre de 2026). Nuevas pruebas indican que la foto más icónica de la Guerra Civil española se hizo con la cámara de Gerda Taro. Cordópolis. https://cordopolis.eldiario.es/cordoba-hoy/local/nuevas-pruebas-indican-foto-iconica-guerra-civil-espanola-hizo-camara-gerda-taro_1_13492052.html
