Gracias a un artículo de Pikara Magazine, el otro día me enteré que un manual sobre sabotaje encabeza la lista de libros más descargados de Project Gutenberg. Al parecer, desde que Trump y Musk llegaron a la Casa Blanca el pasado 20 de enero, la popularidad de Simple Sabotage Field Manual se ha disparado y ya supera las 360.000 descargas. Ni que la gente estuviese preparándose para resistir algún tipo de régimen tecnoautoritario.
El documento, elaborado en 1944 por la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos (OSS), fue concebido para alentar la insurrección ciudadana cotidiana contra la Alemania nazi, y en él se sugerían ingeniosas acciones disruptivas que cualquier individuo común y corriente podía llevar a cabo desde su propio puesto de trabajo, y con los materiales que tuviese a su alcance. Atrancar retretes, inutilizar maquinaria y sistemas eléctricos, trabajar más lento, o, sencillamente, actuar de forma estúpida, fueron algunas de las escaramuzas que proponía este manual para socavar las estructuras del nazismo.
En su contexto, Simple Sabotage Field Manual representó un esfuerzo de guerra más. El servicio de inteligencia estadounidense utilizó el sabotaje como un medio con el que influir en el devenir de la contienda, no solo entorpeciendo las actividades del enemigo, sino también minando su moral y favoreciendo la simpatía de la población europea hacia la intervención de las Naciones Unidas. Pero, antes de que se convirtiera en una pieza clave en los conflictos bélicos internacionales, el sabotaje ya tenía una larga trayectoria como herramienta esencial en otra clase de guerra: la guerra de clases.
La etimología confirma que, en algún momento del siglo XIX, el significado de la palabra sabotaje —derivada de sabot, zueco en francés— se deslizó de los calzados de madera hacia la luchas proletarias. De hecho, existen varias leyendas, situadas en el albor de la revolución industrial, sobre obreros que lanzaban zuecos a las máquinas para detener la producción de las fábricas. Lo que atestiguan las evidencias etimológicas disponibles es que en 1808 el diccionario de Charles-Louis D’Hautel ya recogía las expresiones saboter y saboteur, relativas a hacer ruido con los zuecos o a hacer algo bruscamente y a toda prisa, y que en la edición de 1873 del Dictionnaire de la langue française la palabra sabotage fue definida como la acción de fabricar zuecos. No sería hasta 1897 cuando el término quedase oficialmente ligado al movimiento obrero gracias a su «bautismo sindical», como lo describió el sindicalista revolucionario Emile Pouget.
Ocurrió en el Congreso de Toulouse de la Confédération générale du travail (CGT). Durante el transcurso del mismo, el propio Pouget tomó la palabra para proponer una táctica de acción revolucionaria: instar a los trabajadores municipales a causar daños por valor de cien mil francos a los servicios de la ciudad de París. La sugerencia no solo provocó cierto revuelo, también propició la reflexión. Y unos días más tarde, tras debatir las conclusiones de un informe favorable, la asamblea aprobó por unanimidad el boicot y el sabotaje consciente y deliberado como métodos aceptados dentro de la lucha sindical contra el capital. La decisión se tomó en Francia, pero la táctica a la que se daba luz verde llevaba largo tiempo siendo utilizada contra los patrones abusivos en las islas británicas. El boicot, por ejemplo, surgió de una campaña de los granjeros irlandeses para denunciar la explotación y las malas condiciones a las que eran sometidos por el administrador inglés Charles Cunningham Boycott. Y el sabotaje, como señaló el informe expuesto en la asamblea de la CGT, venía precedido de una práctica habitual entre los estibadores ingleses y escoceses conocida como go canny, o ca’canny en escocés, y que podría traducirse como «por un mal pago, un mal trabajo».
En su libro Le Sabotage, publicado en 1911, Pouget no solo dejó constancia del momento exacto en que el movimiento obrero abrazó el sabotaje, sino que, además, se esforzó por dotar a éste de un verdadero corpus teórico y práctico. Convencido del lugar prominente que debía ocupar esta estrategia de presión en el arsenal de la clase trabajadora frente al capitalismo, el sindicalista documentó ejemplos de sabotajes exitosos, como el de los telegrafistas franceses en 1909; describió distintos métodos de sabotaje, desde el sabotaje bocazas, en el que la indiscreción puede jugar un papel determinante en el descrédito de una compañía corrupta, hasta el obstruccionismo, una suerte sabotaje inverso mediante el cumplimiento escrupuloso de las reglas de una organización; y estableció los límites de actuación del saboteador al afirmar que «el sabotaje ataca al patrón, ya sea ralentizando el trabajo, ya sea haciendo invendibles los productos manufacturados, ya sea inmovilizando o inutilizando el instrumento de producción, pero el consumidor no debe sufrir esta guerra hecha contra el explotador.»
Quizá por ser consciente de la creciente criminalización del movimiento obrero, y de las posibles reticencias albergadas por los trabajadores, Pouget hizo especial hincapié en la moralidad del sabotaje. El sindicalista quiso dejar claro que el sabotaje verdaderamente dañino era el permitido dentro del sistema capitalista, el que impunemente llevaban a cabo estafadores, desfalcadores, usureros y explotadores, y que mostraba «la expresión de una rapacidad repugnante, de una sed insaciable de riquezas que no rehúye el crimen para satisfacerse». El sabotaje obrero, en cambio, inspirado «en principios generosos y altruistas», representaba un medio de defensa y protección contra los abusos patronales. Esta consideración moral del sabotaje también fue compartida por la líder del sindicato anarquista Industrial Workers of the World (IWW), Elizabeth Gurley Flynn, que en 1917 publicó Sabotage: The Conscious Withdrawal of the Workers’ Industrial Efficiency, un pasquín en defensa del obrero textil Friderick Sumner Boyd, encarcelado por haber incitado al sabotaje de los telares durante la huelga de trabajadores de la seda de Paterson en 1913.
A principios del siglo XX los movimientos obreros habían incorporado el sabotaje como una herramienta más en su lucha por la emancipación, y no dudaron en utilizarla cuando empezó a expandirse la amenaza del fascismo. De hecho, los sabotajes simples propuestos por la OSS solo fueron el reflejo de una realidad que ya existía en gran parte de Europa desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Ejemplos como el del grupo de la resistencia austriaca Gruppe Soldatenrat, dedicado a distribuir panfletos con consignas derrotistas entre los soldados de la Wehrmacht, o el de la saboteadora comunista holandesa Hannie Schaft, entre otros muchos, demuestran que la clase trabajadora se afanó en sabotear la despiadada maquinaria nazi, a pesar del peligro inherente. Schaft fue fusilada el 17 de abril de 1945. Los jóvenes comunistas integrantes del Gruppe Soldatenrat, Leopoldine Sicka, Anna Gräf, Franz Sikuta, y Karl Mann, fueron ejecutados en la guillotina en enero de 1944.
Hoy día, la desafección y la falta de conciencia de clase pueden hacernos ver el sabotaje como algo desfasado y lejano, propio de los relatos de espías. Por suerte, su eficacia y su fuerza no han caído en el olvido, y aún tienen mucho que aportar, como demuestra How to Blow Up a Pipeline de Andreas Malm. Con este libro, publicado en 2021, el autor propuso superar nuestras reservas y, al igual que hiciese Pouget en su época, exhortó a los movimientos ecologistas a adoptar el sabotaje civil como forma de resistencia frente al extractivismo económico y medioambiental. Inmersos en una creciente ola reaccionaria, quizá haya llegado el momento de desempolvar los zuecos.
Fuentes:
Office of Strategic Service. (1944). Simple Sabotage Field Manual. https://www.gutenberg.org/cache/epub/26184/pg26184-images.html
Pouget, E. (1911). Le sabotage. Marcel Rivière. https://fr.wikisource.org/wiki/Le_Sabotage
Flynn, E. (1917). Sabotage: The Conscious Withdrawal of the Workers’ Industrial Efficiency. I.W.W. Publishing Bureau. https://archive.org/details/SabotageTheConsciousWithdrawalOfTheWorkersIndustrialEfficiency
Malm, A. (2021). How to Blow Up a Pipeline. Verso Books.
