Historias Descartadas

Memoria crítica frente al olvido selectivo


Apuntes para una historia sin autoridad

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«La Academia no es ese templo inmaculado del saber ajeno a intereses personales, editoriales o partidistas». «Los poderes que validan y se aprovechan de la historiografía oficial». «Desconfiar siempre de los discursos disfrazados de verdades objetivas, inamovibles y universales». «La visión incuestionable y alienante del pasado que pretenden instaurar». «Despojar de oropeles a la historia». Por perlitas como estas cualquiera puede adivinar que la historia hegemónica no gusta demasiado en Historias Descartadas —cero sorpresa con ese nombrecito, también te digo—. Sin embargo, tengo que reconocer que esta tirria proviene más de un pálpito que de una base teórica sólida y bien articulada. Se podría decir que este recelo hacia la historia oficial me ido germinando a fuerza de exponerme a lecturas del pasado que resquebrajan el discurso histórico de los ganadores. Y solo recientemente ha llegado a mis manos una obra que ha conseguido darle algo de fundamento a esta sospecha. Me refiero a La Historia o las historias.

Editado por Volapük, este libro propone nuevas formas de abordar la historiografía desde el anarquismo. Pero lejos de querer ser califa en lugar del califa y convertirse en una crítica historiográfica más, dedicada a enmendar la plana a otras corrientes, la obra coordinada por Javier Encina, Sergio Higuera y Ainhoa Ezeiza —tres autores, tres árboles— se aleja conscientemente de las posturas academicistas y las verdades absolutas para plantear un uso radical del conocimiento sobre hechos pasados. Y lo hace no solo desde el contenido sino también desde la forma, ya que, más que como un bloque uniforme, La Historia o las historias está concebido como un conjunto textos engarzados en el que muchas voces diversas discurren al mismo tiempo, a veces paralelas y referenciales, a veces en contradicción y desde el disenso, para provocar «nuevas conectividades […] nuevas formas de comprender y usar los textos.»

A mí personalmente su lectura me ha ayudado a esclarecer algunas dudas sobre los discursos centrados en el pasado. En sus páginas he encontrado un hilo conductor para guiarme entre las diferentes perspectivas históricas, de sus autores he aprendido un par de trucos con los que desenmascarar los intereses ideológicos —no siempre evidentes— de la historia institucionalizada, y de sus ideas he destilado estos apuntes que ahora comparto con cualquiera que quiera acercarse a una historia sin autoridad en la materia.

La Historia o las historias comienza con un derribo, y el primer golpe en el muro de la historia hegemónica lo lanza Jorell A. Meléndez-Badillo: para construir nuevas historias es necesario echar abajo la Historia como disciplina del racionamiento científico y positivista. Pedro García Olivo justifica esta demolición argumentando que la disciplina histórica no es inocua, sino que se sustenta en la Cientificidad, el Método, el Rigor, y la Razón creadas durante la Ilustración del siglo XVII, al servicio de la ideología burguesa. Para el autor, esta ideología aún domina a día de hoy los saberes académicos, a los que la Historia no es ajena, y señala a los propios historiadores por haber entrado a formar parte de un cuerpo (académico) de policía adiestrado para preservar el poder de las interpretaciones historiográficas legitimatorias del poder burgués.

«Toda una policía de la Historia Científica racionaliza la indignidad de las prácticas a través de un doble movimiento coercitivo: el discurso del método (momento de la prescripción, de la exigencia, de la norma), y la literatura de la crítica historiográfica (instancia de la proscripción, de la expulsión o del castigo).»

Pero La Historia o las historias no se conforma con demoler, sino que también construye una alternativa. Frente a esta historia fiscalizada, Encina, Higuera y Ezeiza proponen desempoderar a la Ciencia Histórica: «El desempoderamiento de la Ciencia histórica sería replantearnos las formas en las que enfocamos y producimos la investigación, para no depender de la estructura de Poder.» Una forma de desempoderar la disciplina, en la que coinciden tanto Meléndez-Badillo como García Olivo, sería acudir al silencio: «historizar el silencio podría darnos la oportunidad de explorar lo inimaginable y probar los límites de nuestra imaginación histórica.»

El silencio histórico no es otra cosa que todos los sucesos ausentes, las voces acalladas o las mujeres olvidadas por parte de la historiografía hegemónica, y que se puede intuir en cada obra que apuntala una visión institucionalizada del pasado. Pero, según Francisco José Fernández Andújar, sería posible revertir este silencio ensordecedor mediante una historiografía anarquista que se centrase en las desigualdades sociales originadas por las distintas formas de autoridad y dominio. Javier Encina, Ainhoa Ezeiza y Nahia Delgado de Frutos, por su parte, sugieren el uso de herramientas «que puedan ser apropiadas por la propia gente, que no se generen ni dependencia ni especialización, ni moldeen o modelen a la gente que se está escapando continuamente del Poder, del consentimiento, del consumo y de la Historia dominante.» Por ello abogan por las historias orales que, entendidas como «una forma más de dinamizar la autogestión de la vida cotidiana», ayudarían a superar la fosilización del pasado y el silencio administrativo impuestos desde la oficialidad y las instituciones. Y para demostrarlo lo ilustran con varios proyectos llevados a cabo en Andalucía, Euskal Herria y México, en los que miembros de distintas comunidades locales se encargaron de historiar el pasado de sus pueblos, generando así nuevas perspectivas sociales de «convivencialidad» para el presente.

De hecho, ese es uno de los puntos fuertes de La Historia o las historias: su capacidad para desenterrar otros discursos sobre el pasado. Como vasija que ampara perspectivas diversas sin imponer una jerarquía, el libro nos revela la existencia de otras historias al margen de las de la Academia y la historiografía hegemónica, y los caminos andados para recuperarlas. Por citar algunos ejemplos, Anarquismos no occidentales, de Jason Adams, muestra el anarquismo del primer cuarto del siglo XX más allá del eurocentrismo, describiéndolo como el mayor movimiento antisistema en casi todas las partes del mundo, con gran repercusión en China, Japón, India u Oriente Medio. Brenda Porras Rodríguez y Fernando Alan López Bonifacio ponen en valor los logros alcanzados por el primer Zapatismo frente a la extendida visión agrarista y limitada de este movimiento revolucionario. Curro Rodríguez nos muestra las fisuras del discurso de la historiografía nacional al recuperar las historias de gitanos, vagabundos y desertores, sujetos libres de sujeción que cuestionaron la autoridad del Estado desde su creación. Ni siquiera eventos más recientes están exentos de ser incorporados al discurso hegemónico, como demuestra Laura Vicente resaltando el desconocido papel del anarcofeminismo durante la Transición.

Esta es solo mi interpretación de La Historia o las historias, pero hay otras, y eso es lo mejor del libro. Al contrario que otras corrientes historiográficas, esta obra no pretende sentar cátedra, sino ser un lugar de reflexión, imperfecto, inacabado, en construcción, a la espera de aportaciones que enriquezcan el debate y abran nuevas vías de investigación desempoderada. Sin la autoridad de la Academia, pero con honestidad y responsabilidad.