¡El nacionalismo español está de enhorabuena! La selección de fútbol se ha proclamado campeona del mundo, y ha desatado la celebración colectiva, ese extraño e incontrolable evento del que los estados-nación siempre quieren sacar tajada. Desde el día de la victoria se respira un denso clima de exaltación por lo propio, sazonado con cánticos, orgullo patriótico, y banderitas (demasiadas con el pollo estampado). Pero, ¿está contenta toda Españita? ¡No! Con permiso de los soberanistas, entre los nacionales convencidos también se ha extendido un runrún discordante que se hizo audible la misma noche de los festejos. Al grito de moro recibieron algunos a Lamine Yamal, cuando éste apareció sobre el escenario para participar de la festiva algarabía (árabe, según su tercera aceptación en la RAE) que inundaba las calles de la capital del reino.
Ver al jugador siendo señalado por moro, sin ningún otro apelativo, me hizo plantearme algunas preguntas: ¿Cuál fue el origen del término? ¿Desde cuándo lleva utilizándose como un insulto? Decidido a aclarar mis dudas, acudí al Internet y, sin darme cuenta, caí en la trampa del algoritmo (palabra de probable origen árabe), dando con mis huesos en un artículo de Pérez-Reverte. En él, el escritor se oponía vehementemente a una petición presentada a la Real Academia Española en 2014, en la que se solicitaba definir moro como una palabra racista, discriminatoria y xenófoba. Entre sus razones, Reverte defendía la neutra y descriptiva definición de la palabra en el diccionario —«Natural del África septentrional frontera a España. / Que profesa la fe islámica. / Que habitó en España desde el siglo VIII hasta el XV»—, y ponía en valor la historia del vocablo, citando al abad de Albelda en el año 928, a Alfonso al Batallador o al Poema de Mío Cid. Si la fiebre patriótica tras el triunfo deportivo se me hubiese contagiado, igual habría dado por buena la explicación, aceptando que gritar moro a alguien es parte de nuestra tradición, y no un gruñido racista. Por suerte, el sentir nacional lo tengo bastante atrofiado, así que continué indagando en la historia del término, hasta que encontré Estereotipo del moro: pasado y presente, el trabajo fin de grado de Oumayma Qazdar Aboulhourma.
Partiendo de una extensa revisión bibliográfica, Qazdar Aboulhourma consigue presentarnos una evolución cronológica de la expresión, desde su etimología hasta nuestros días. Moro, y en eso hasta Reverte está de acuerdo, procede del latín maurus, el cuál, a su vez, fue heredado del griego Μαῦρος, que significaba negro o moreno, y que designaba a los habitantes de la provincia romana Mauritania Tingitana. Así lo recogía también Sebastián de Covarrubias en el diccionario Tesoro de la lengua castellana o española, publicado en 1611. Sin embargo, lejos de conformarse con la vía complaciente del escritor cartagenero, Oumayma propone explorar los vericuetos de la palabra, exponiendo las consecuencias de hechos históricos concretos, como la expulsión de los moriscos entre 1609 y 1613, y los proyectos coloniales del africanismo español en los siglo XIX y XX, y su influencia negativa en la percepción social de lo moro.
Basándose en los escritos de varios autores, como Josep Lluís Mateo Dieste y María Rosa de Madariaga Alvarez-Prida, Qazdar Aboulhourma sitúa el nacimiento del estereotipo peyorativo de moro en la edad media. Durante esta época, y al calor de los conflictos religiosos entre católicos, judíos y musulmanes, se comienza a fraguar una «imagen teológica que presentaba al no cristiano como agente religioso contaminante». El término moro pasa entonces de tener meras connotaciones geográficas a aglutinar y mezclar distintas realidades, como la cultura amazigh, la árabe o la musulmana, creando un ente ajeno a la nueva sociedad española (católica y castellana), en la que «los musulmanes y el islam serían vistos como elementos extranjeros por su religiosidad o por la religiosidad que se les asigna.»
En los siglos venideros esta visión negativa del moro iría a más. Se le llegaría a considerar falso y traidor, por la práctica de la taqiyya, pero también se le achacarían otras vilezas comunes al resto de minorías excluidas, como el control del monopolio en las artes y el comercio, el acaparamiento de riquezas, la suciedad, la vagancia, o la holgazanería. La expansión del Imperio Español hizo que el término y sus connotaciones peyorativas también se exportasen a otros territorios. Es por ello que a los musulmanes de las islas filipinas de Mindanao y Palawan, además de piratas, también se les llamó moros. La palabra también se infiltró en el sistema de castas coloniales en América para identificar a grupos de menor escalafón social. De acuerdo con un cuadro conservado en el Museo Nacional del Virreinato, en Tepotzotlán, México, si un español tenía descendencia con una mora, nacía un mulato; si la mulata daba a luz a un hijo de un español, sería morisco; y si el morisco tenía un hijo con una española, nacía un chino.
«Al mismo tiempo que esto sucedía, se configuró la forma literaria del Abencerraje, donde se idealizó al musulmán, lo que dio lugar a la maurofilia exotista de finales del siglo XVIII», señala Qazdar Aboulhourma. Pero la propia investigadora, a través de la obra de Juan Goytisolo, nos advierte que esta querencia por lo moro es parte del mismo prejuicio, en el que «maurofilia y maurofobia van unidas», originándose en base a «los mismos principios psíquicos y sociales».
La otredad del moro no ha sido constante a lo largo del tiempo, sino que, como ha sabido identificar la investigadora, ha ido fluctuando «dependiendo del contexto y de la situación política del momento.» Uno de estos cambios de paradigma se percibe claramente durante las primeras décadas del siglo XX. Para mantener su autoridad en el Protectorado español de Marruecos, la fuerza colonial se esforzó por difinir distintos tipos de moros, diferenciando entre los moros buenos, colaboradores del régimen colonial, y los moros malos, rebeldes como los moros de cabila lejana (del árabe marroquí qbila), grotescamente caricaturizados en varias láminas propagandísticas de la época. Esta dualidad se repetiría años más tarde durante la Guerra Civil, cuando los sublevados acudieron a la retórica de la hermandad hispano-marroquí para justificar el uso de las tropas Regulares de Marruecos, mientras que el Gobierno Republicano demonizó a los moros, tachándolos de salvajes violadores con un apetito sexual desmedido.
Como afirman las autoras Salma Amazian y Ainhoa Nadia Douhaibi, «moro es un continente donde el contenido varía según las necesidades del Estado racial». Ese continente es una categoría impuesta desde fuera, en la que «los moros no sabemos lo que es un moro, no sabemos dónde empieza y termina lo moro, tampoco cómo se es moro ni cómo se deja de serlo». Y aún sin contar con el beneplácito de los mismos designados, el uso de la expresión está en auge. De acuerdo con un informe publicado hace unos días por el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, durante el mes de junio de 2026 se detectaron en Internet 40.861 mensajes relacionados con discursos de odio, de los cuales el 88%, diez puntos más que en el mes de mayo, estaba dirigido a personas de origen norteafricano. Entre esos mensajes aparecieron expresiones tales como «moro asqueroso», «moros violadores» o «purga a los moros», que, como ha demostrado Qazdar Aboulhourma, responden a prejuicios con profundas raíces históricas.
Quizá algún día podamos decir que moro ya no se utiliza para atacar a un grupo de personas. Ojalá (voz de origen árabe) llegue el día en el que se superen los prejuicios y los mismos tachados bajo esa categoría impuesta puedan apoderarse del término, dotándolo de su propio significado. Ese día aún no ha llegado por culpa de españolazos con tribuna propia, que no dejan de prender las almenaras (del árabe manārah) del odio racista. Como Arcadi Espada, que esta misma semana, a cuento del puto fútbol, escribía amargamente sobre «una España trans: mestiza, igualitaria y risueña» en la que el «mestizaje sin fusión es yuxtaposición.» Hasta que ese día llegue habrá que luchar contra la discriminación y cagarse en todos los racistas.
Fuentes:
Qazdar Aboulhourma, O. (2024). Estereotipo del moro: pasado y presente. Universidad Complutense de Madrid.
