Hace unas semanas el vaso rebosó. Ante el enésimo desahucio ejecutado en nombre de la usura, la gente estalló; las plazas se llenaron de acampadas, y miles se manifestaron exigiendo algo tan básico como el derecho a una vivienda digna. En el fragor de las protestas, mientras el gobierno se apresuraba —demasiado tarde— a presentar un parche en forma de decreto —troceado e insuficiente—, Maricarmen, la inquilina de 87 años desahuciada y criminalizada por pagar una renta antigua, falleció. Muerte por especulación. El trágico desenlace no hizo más que confirmar lo que muches ya sospechábamos, que nos quieren al límite, sean cuales sean las consecuencias. Pero también reforzó una determinación enunciada días antes por el Sindicato de Inquilinas: hay que ir a la huelga general.
Con este panorama cualquiera es capaz de comprender la rabia y la necesidad de actuar. Cualquiera menos el presidente de la patronal, claro, quién no dudó en cuestionar la legitimidad de la huelga por no atenerse a las bases de un conflicto estrictamente laboral. No, hombre, qué va, nada que ver; la falta de casas, los alquileres por las nubes, la precariedad y la expulsión de las ciudades por el alto coste de vida son solo alicientes que nos animan a seguir generándoos plusvalía. Se ve que los empresarios esperan disponer de trabajadoras etéreas, seres de luz que tras su jornada laboral se cobijan en los huecos de los árboles, en la cara oculta de la luna, deseando volver al tajo al día siguiente con espíritu renovado.
Lo que la patronal no sabe —o más bien pretende que ignoremos para salvaguardar sus intereses de clase dirigente— es que la huelga no nació siendo una cláusula perfectamente estipulada y delimitada dentro de los marcos actuales del contrato social. Décadas de neoliberalismo y servilismo sindical la han atrofiado, convirtiéndola en una simple válvula de escape en manos de los sindicatos mayoritarios, verdaderos guardas jurado de la paz social en el régimen capitalista. Pero, en su origen, la huelga general aspiraba a mucho más.
1832. Grand National Holiday
«Can any thing be more humane than the main object of our glorious holiday, namely, to obtain for all at the least expense to all, the largest sum of happiness for all.»
En estos términos se refería William Benbow al Grand National Holiday, el precedente inmediato a la huelga general tal y como la conocemos hoy día. Con su panfleto Grand National Holiday, and Congress of the Productive Classes, publicado en 1832, este zapatero y predicador inglés fue el primero en teorizar sobre un gran paro obrero. Según Benbow, el gran día sagrado nacional —inspirado en el Jubileo hebreo— estaba destinado a «reformar la sociedad», eliminando la «podredumbre» que se propagaba en Inglaterra a través de «la propiedad y el capital».
A pesar de lo mesiánico, aquel primer boceto de huelga general ya incluía algunos de los elementos característicos de lo que, con el paso del tiempo, se convertiría en la principal herramienta de lucha del movimiento obrero. Por ejemplo, Benbow estipuló la duración del Grand National Holiday en un mes, y propuso que los trabajadores aportasen suministros para subsistir durante la primera semana, anticipando así la aparición de las cajas de resistencia. El predicador también confiaba en que los patrones financiarían gustosamente los sucesivos paros, una idea bastante ingenua teniendo en cuenta que el Grand National Holiday apuntaba directamente a los privilegios de los propios acaudalados. En cualquier caso, esta vacación nacional, planeada para el 12 de agosto de 1839, nunca llegó a celebrarse. El arresto de William Benbow el 4 de agosto desalentó al movimiento cartista que debía haber secundado el paro, y precipitó el abandono de la convocatoria. La primera huelga general en Inglaterra tuvo que esperar hasta julio de 1842, en lo que se conoce como los Plug Plot Riots, cuando los mineros del carbón de Staffordshire, esta vez sí, apoyados por el cartismo, consiguieron extender sus demandas laborales a otras industrias y ciudades del país.
1855. Primera huelga general en España
En la península ibérica el primer paro generalizado sucedió en Cataluña, territorio que aglutinaba las grandes industrias textiles. La incorporación a las cadenas de producción de las selfactinas (telares automáticos llamados en inglés self-acting machine) encendió la mecha de un conflicto que, aunque con reminiscencias al ludismo de principios del siglo XIX, pronto derivó en una protesta más amplia, donde confluyeron distintas exigencias como el aumento de los salarios o la defensa del derecho a la libre asociación.
De hecho, el detonante de esta huelga fue la ejecución el 6 de junio de 1855 del líder de la Asociación de Hiladores Josep Barceló, acusado sin pruebas de robo y asesinato. El Capitán General de Cataluña, Juan Zapatero, utilizó la condena para prohibir las asociaciones obreras en su conjunto, y los obreros respondieron con 9 días de paro. Entre el 2 y el 11 de julio, como describió el periódico conservador La Corona de Aragón, «La zozobra, la inquietud, el malestar, la discordia y la desconfianza se han hospedado por fin en Barcelona, en la bella Barcelona». Pero los obreros no solo hicieron uso de la revuelta, sino que, de la mano de Pi y Margall, también escribieron la Exposición presentada por la clase obrera a las Cortes Constituyentes, solicitando al gobierno de Espartero que la libertad de asociación fuese respetada. Y aunque no consiguieron el respaldo institucional, según el historiador Manuel Tuñón de Lara aquellos huelguistas lograron un hito trascendental en las luchas obreras en el Estado español: «la transformación de la asociación en lo que hoy solemos llamar un sindicato».
1917. Huelga general revolucionaria
No se puede negar que la huelga siempre ha estado íntimamente ligada a reivindicaciones laborales. Como muestra, ahí tenemos el Día Internacional de los Trabajadores, conmemoración de la huelga por la jornada de 8 horas del primero de mayo de 1886, y homenaje a los anarquistas de Chicago víctimas de la represión. Pero la historia también demuestra que los ceses de actividad no han sido exclusivos del mundo del trabajo. De hecho, a principios del siglo XX una buena parte del sindicalismo concebía la huelga no solo como una herramienta de presión laboral, sino como un medio revolucionario. Así lo constata la Carta de Amiens, la declaración de la Confederación General del Trabajo francesa, que en 1906 estableció la huelga general como el camino para alcanzar «la emancipación integral».
Siguiendo aquella estrategia revolucionaria surgieron en 1917 innumerables huelgas generales. En Brasil, por ejemplo, los huelguistas tomaron el control de São Paulo durante treinta días, obligando al gobierno a abandonar la ciudad. Y en España, los socialistas de la UGT y los anarcosindicalistas de la CNT unieron fuerzas para paralizar el país y forzar así un cambio de régimen. Aunque si hablamos de huelgas que superaron sus propios marcos y desbordaron todas las expectativas, sin duda, hay que referirse a la huelga de mujeres de Petrogrado.
El 23 de febrero de 1917 (8 de marzo del calendario gregoriano) se celebraba en la capital del Imperio ruso el Día Internacional de la Mujer. Las trabajadoras y las esposas de los soldados enviados a la Gran Guerra, hartas de la hambruna y del derramamiento de sangre, tomaron las calles pidiendo pan y paz, pero no se quedaron ahí. Organizadas en piquetes, cientos de mujeres recorrieron la ciudad, inflamando los ánimos rebeldes entre los trabajadores de las grandes fábricas metalúrgicas y los militares, y se convirtieron en el auténtico motor de la huelga general. A los pocos días abdicaba el Zar Nicolás II; era el comienzo de la Revolución Soviética.
Se puede afirmar sin miedo a equivocarse que la acción llevada a cabo por las mujeres de Petrogrado fue clave para el movimiento comunista y revolucionario. Y aún así, su papel como protagonistas de la insurrección terminó desdibujado. Como constató la investigadora Megan Trudell, «las mujeres desaparecen casi totalmente de la crónica como parte integrante del desarrollo de la revolución a lo largo de 1917».
1931. Huelga de alquileres de Barcelona
Y si los orígenes de una huelga exitosa pueden ser desvirtuados, sus conquistas y logros tampoco son inmunes a la instrumentación, la invisibilización o al menosprecio. Por ejemplo, el líder del PSOE y ministro de trabajo de la II República, Francisco Largo Caballero, llegó a tachar de «absurda la campaña que se hace en Barcelona para que no se pague más que el 40 por 100 de los alquileres.» Se refería a la huelga de alquileres organizada por el Comité de Defensa Económica del Sindicato Único de la Construcción (CNT), que durante el verano de 1931 consiguió que 90.000 barceloneses dejasen de pagar a sus caseros. Protestaban contra la subida de los precios y los crecientes desahucios —¿de qué me quiere sonar esto?—, y sus demandas tuvieron eco en la huelga general de septiembre que, además de en Barcelona, también se extendió por Madrid, Zaragoza, Sevilla, Vitoria o Cádiz.
En cualquier caso, valorar una huelga por sus efectos inmediatos es de tener muy poca perspectiva. Es cierto que aquella huelga de inquilinas no acabó con el rentismo —aunque permitió a algunos arrendatarios renegociar sus abusivos contratos de alquiler, y llevó a la Generalitat a regular el mercado inmobiliario—. Lo que sí consiguió fue crear conciencia de clase entre las vecinas implicadas, un factor determinante en los años que vendrían. Y es que, al igual que la huelga de alquileres de Soweto en la década de los ochenta no se puede entender desconectada de las luchas contra el apartheid, la de Barcelona hay que leerla en un contexto de enorme movilización social, que a la postre condicionaría la respuesta de la clase trabajadora ante el golpe fascista del 36, y propiciaría la resultante revolución social.
El próximo 11 de noviembre hay convocada una nueva huelga general por la vivienda. La han suscrito la gran mayoría de sindicatos del Estado español, y cuenta con el apoyo de la calle. Y aún así, no faltará quien la haga de menos, diciendo que no se ajusta a la norma o, incluso, que las huelgas no sirven para nada. No puedo predecir los efectos que tendrá, eso es algo que les propies manifestantes deberán resolver in situ, en el transcurso de la huelga. Por eso no fallaré a la cita. Y si tú tampoco quieres que la historia te pille a contrapié, también deberías participar.
Fuentes:
Carpenter, N. (1921). William Benbow and the Origin of the General Strike. The Quarterly Journal of Economics, 35 (3), 491–499. https://doi.org/10.2307/1884099
Benbow, W. (1832) Grand National Holiday, and Congress of the Productive Classes. The Journeyman Press, London, 1977.
Tuñón de Lara, M. (1972). El movimiento obrero en la historia de España. Taurus.
4 de julio de 1855. La Corona de Aragón. Barcelona.
Confédération Générale du Travail. (1906). Charte d’Amiens [Carta de Amiens]. Congreso de Amiens.
Trudell, M. (2017). Las Mujeres Del 1917. Revista ECOSUASD 24 (14), 283-94. https://doi.org/10.51274/ecos.v24i14.pp283-294
Aisa Pàmpols, M. (2014). La huelga de alquileres y el Comité de Defensa Económica: Barcelona, abril-diciembre de 1931. El Lokal.
23 de julio de 1931. La Libertad. Madrid.
