Nada más llegar me advirtieron: Bilbao es el botxo, el botxito si le tienes mucho cariño, o sea, el hoyo. De entrada no me pareció un apelativo especialmente afectuoso, más bien esaborío, pero basta con mirar alrededor para entender el porqué del sobrenombre. Enclavada junto a la ría del Ibaizábal, la ciudad está escoltada por dos cadenas montañosas de empinadas laderas verdes que se dejan ver desde todas sus calles. Además, cualquiera se atreve a ponerle pegas a un término que, según el análisis etimológico de Josu Gómez Pérez, popularizó el mismísimo Miguel de Unamuno, quien en un artículo del 26 de marzo de 1891 para el periódico El Nervión escribía así sobre la villa:
«Los árboles estaban tan pelados que daba frio verlos, a través de ellos un cielo de mármol veteado y las montañas azules envueltas en bruma […]. El mejor pedazo de cielo de que gozamos desde el bocho, el puente más ancho, la estación, tras los pelados árboles, las arboladuras peladas de los buques y allí delante, la fila de hermosos castaños y el tilo».
Ahora imagínate viviendo en la Muy Noble y Muy Leal e Invicta Villa unas décadas antes, cuando la población estuvo sitiada 129 días; supongo que entonces botxo tendría un significado bastante más sombrío que el de bucólica ciudad resguardada entre montañas. Y es que durante la última guerra carlista, del 29 de diciembre de 1873 al 2 de mayo de 1874, las tropas del pretendiente Carlos VII cerraron el paso de la ría, tomaron los montes cercanos y sometieron a Bilbao a un intenso bombardeo. En la fase más cruenta del sitio se llegaron a disparar 6.785 proyectiles, causando innumerables destrozos y decenas de muertes.
Sobre las consecuencias del conflicto mucho se ha escrito, y con razón. Los enfrentamientos entre tradicionalistas y liberales no solo trastocaron la vida de la ciudad, sino que también generaron enormes cambios políticos y sociales que aún se dejan sentir hoy día. Pero hay un efecto en el que no dejo de pensar: su impacto medioambiental. La tala de grandes masas forestales para costear los esfuerzos de guerra ocasionó un grave desastre ecológico, que fue de la mano del humanitario. Porque la sinrazón bélica rara vez se contenta solo con segar vidas. De nuevo Unamuno, que siendo niño vivió el sitio de Bilbao en primera persona, describió en su primera novela los cerros aledaños a la villa como «monte negro o monte de la artillería», y dejó algunos pasajes que ilustran el trato dado al ecosistema durante la contienda:
«Cuando llegó Ignacio á Somorrostro, llevaba en el alma un tumulto de anhelos, amasados con nacientes desilusiones. Destináronle á un batallón, á las reservas de San Fuentes, y vio de paso al general en jefe, que sentado en una silla, en el balcón de una casería, con la botella de coñac al lado, y encendidos los pómulos, contemplaba allá, á lo lejos, los fogonazos de los morteros carlistas sobre Bilbao, para lo que había hecho talar una encina, cuyo follaje se lo hubiera impedido.»
Paz en la guerra no deja de ser una novela, publicada treinta años después del asedio y no exenta de ficción. Y aún así, al cotejarla con otros relatos coetáneos, conserva no poca vigencia histórica. Por ejemplo, un testigo ocular ya relataba en 1874 las devastadoras consecuencias de la batalla de Somorrostro, donde «la muerte y la desolación se habían paseado por aquellos lindos valles y verdes colinas […] que encerraban muchos cadáveres, y veíamos talados los montes y arrasados los sembrados.» Pablo de Alzola, ingeniero de caminos que en 1877 fue nombrado alcalde de Bilbao, afirmó en un artículo para Euskal-Erria: revista bascongada que «durante las rebeliones carlistas y aun en la época agitada de 1868 á 1873, se talaron muchos montes, cuya repoblación requiere largos periodos». Y en el archivo del ayuntamiento de Bilbao se conserva una petición de 1876 solicitando tasar los daños en el arbolado del monte Arraiz, a causa de «las órdenes dictadas por los alcaldes pedáneos de aquel barrio obligados por las fuerzas carlistas.»
El daño forestal también tuvo eco en la intensa cobertura mediática del conflicto. Por citar solo algunos ejemplos, el 31 de marzo de 1875, El Noticiero Bilbaíno acusaba a los carlistas de «incendiar el arbolado de Iturrigorri», y La Correspondencia de España aseguraba el 24 de octubre del mismo año que las tropas rebeldes estaban reclutando hombres «con sus correspondientes hachas, para proceder á la tala de los montes de ciertas personas consideradas como liberales.» Aunque pocos documentos constatan la deforestación con tanta veracidad como las instantáneas tomadas por el fotógrafo francés Charles Monney, en las que podemos ver a los defensores del sitio de Bilbao posando ante lomas completamente peladas.
El desgaste y hostigamiento mediante la degradación del entorno no fue una táctica exclusiva de los carlistas. En un artículo dedicado a la historia del Monte Pagasarri, el ingeniero de montes Aitor Omar Aspiazu señaló que durante el primer asedio carlista de Bilbao en 1834, la Junta de Defensa de la ciudad ordenó «que los montes situados a tiro de fusil de las fortificaciones fueran quemados, así como los arbolares, viñedos y plantaciones cercanas». A fin de cuentas, no hay que olvidar que se trató de una guerra con dos bandos enfrentados, y que la mayoría de los relatos que han llegado hasta nuestros días están surcados por ideología partidista.
En cualquier caso, es necesario aclarar que la guerra no fue la causante única de la deforestación de los montes bilbaínos. La actividad agropecuaria, la construcción naval —origen de los característicos árboles trasmochos— y la producción de carbón para la industria del hierro en expansión también contribuyeron a llevar a los bosques vascos al límite. En 1856, el ingeniero de montes Lucas Olazabal Altuna ya hablaba en su estudio sobre la foresta en Vizcaya de montes «calvos muchísimos, con grandes calveros y claros otros, mal beneficiados todos.» La guerra fue la puntilla y, de alguna manera, también punto de inflexión a partir del cual comenzaron a llevarse acabo acciones encaminadas a repoblar los bosques arrasados.
Se puede afirmar que la repoblación de los montes bilbaínos corrió principalmente a cargo de dos actores: de un lado la iniciativa privada, y del otro la administración pública. Y si nos referimos a lo privado es necesario hablar de Mario Adán de Yarza. Político, agrónomo y miembro del Batallón de los Auxiliares encargado de la defensa de Bilbao, Adán de Yarza es seguramente una de las figuras más destacadas del forestalismo vizcaíno. Según el ingeniero de montes Mario Michel, este terrateniente, conocedor de las últimas tendencias del momento sobre silvicultura, llegó a plantar en los montes de su propiedad 11 millones de coníferas, siendo responsable en 1898 de la primera repoblación de cierta entidad en Vizcaya, en el término municipal de Galdakao. En una célebre conferencia a favor de la reforestación, pronunciada durante las Fiestas Eúskaras de Tolosa de 1913, su sobrino, Mariano Adán de Yarza, se enorgullecía de la labor de su tío, «cuya competencia en materia forestal ha llegado a ser proverbial en Vizcaya, donde con gran éxito ha repoblado más de mil hectáreas de terrenos, antes poco menos que improductivos.» Y aún hoy se pueden encontrar huellas de aquel empeño, como los tres pinos originarios de la primera repoblación que todavía persisten en el monte Errialtadua Mayor.
El emprendimiento privado adelantó en materia de replantación a la intervención pública, probablemente porque las distintas administraciones acusaban la falta de terrenos comunales resultante de las sucesivas desamortizaciones, y, concretamente en el caso vasco, porque la abolición de los Fueros en 1876 contribuyó a la inoperancia institucional. En la Memoria relativa al fomento de la agricultura, ganadería y repoblación del arbolado en la provincia de Vizcaya de 1900, Manuel S. de Larrea enumeraba varios expedientes que languidecían sobre la mesa de la Diputación a la espera de su ejecución, entre ellos un proyecto para repoblar el arbolado, propuesto en 1887 por Fernando Mieg. No obstante, poco a poco los poderes públicos fueron interviniendo. En Bilbao, la colaboración entre el ayuntamiento y la Diputación de Vizcaya fue determinante, y permitió poner en marcha varios proyectos destinados a replantar los baldíos montes bilbaínos.
Ya en 1896, el concejal —y potentado indiano— Pedro Maíz Arzuaga propuso crear un vivero dedicado a la repoblación forestal, y celebrar la Fiesta del Árbol. Este festejo laico, celebrado por primera vez en 1805 en Villanueva de la Sierra, y que se popularizó por toda la península a finales del siglo XIX y principios del XX, pretendía inculcar el respeto y el cuidado del medio ambiente. Para ello, se organizaban reforestaciones festivas en las que los niños y niñas de la localidad eran las protagonistas encargados de plantar los nuevos árboles —y de paso se llevaban una buena merienda—. Sin embargo, a pesar de la petición del concejal, la primera Fiesta del Árbol de Vizcaya, celebrada el 8 de febrero de 1899, y calificada en las páginas de El Nervión con un «aspecto brillantísimo», no se celebró en Bilbao, sino en Deusto, que por entonces aún no había sido anexionado a la ciudad y conservaba su independencia municipal.
Las primeras acciones en materia forestal del consistorio bilbaíno tuvieron que esperar hasta el comienzo del siglo XX. En 1906 se aprobó la instalación de un vivero y la repoblación de 60 hectáreas en el monte Arnotegi. Curiosamente en la cima de esta colina se ubicó uno de los fuertes carlistas que bombardearon la villa. Cuando la guerra concluyó, el puesto defensivo pasó a manos del ejercito gubernamental, y con el tiempo fue abandonado. Aprovechando la coyuntura, en 1913 el ayuntamiento de Bilbao, inmerso en la reforestación del monte, propuso al gobernador militar de Vizcaya la cesión del fuerte «para instalar allí la vivienda del guarda encargado de la vigilancia de ese monte». Por desgracia la solicitud no prosperó; hubiese sido un verdadero acto simbólico convertir un fuerte de guerra en el puesto del guarda forestal.
Hoy aún se distinguen las ruinas de la fortificación, ahora ocupada por la vegetación, que ha vuelto reclamando lo que una vez le fue arrebatado. Y eso es algo que me ha costado entender. Quizá mis prejuicios de sureño de secano me indujeron a imaginar una Euskal Herria de foresta perenne; quizá llegué a dar por buenos ciertos discursos esencialistas. La verdad es que los tupidos bosques que rodean Bilbao fueron un día montes desiertos, no muy distintos a los de otras regiones más septentrionales. Sí, se perdieron y se recuperaron a base de reforestaciones e intervenciones, todo sea dicho, no exentas de críticas —Adán de Yarza eligió el pino radiata (Pinus insignis), una especie exótica del sur de California, por su rápido crecimiento y a su gran retorno monetario—. Pero lo importante de esta experiencia es comprender que se puede, que no hay monocultivo abrasador ni guerra destructiva que nos impida recuperar la naturaleza que un día nos empeñamos en devastar.
Fuentes:
Unamuno, M. (1897). Paz en la guerra. Madrid.
Gómez Pérez, Josu. (2006). El bocho: etimología de un nombre de Bilbao. Oihenart: cuadernos de lengua y literatura, Nº 21. Eusko Ikaskuntza
Anonimo. (1874). El Sitio de Bilbao en 1874. Madrid. Casa editorial de Medina y Navarro.
Michel Rodríguez, M. (2006), El pino radiata en la historia forestal vasca : Análisis de un proceso de forestalismo intensivo. Munibe. Suplemento 23. Aranzadi Zientzia Elkartea.
Adán de Yarza, M. (1913). La repoblación forestal en el País Vasco. Imprenta de la provincia. San Sebastian.
Uriarte, R. (2010). Repoblaciones, paisaje forestal y desarrollo industrial en el País Vasco atlántico (1940-1975). Historia Agraria, Nº 51, (pp. 109-142). SEHA.
Alzola, P. (1902). La industria en Bizcaya. Euskal-Erria: revista bascongada. San Sebastián.
La Fiesta del Árbol en Deusto. 8 de febrero de 1899. El Nervión. Bilbao. https://www.euskariana.euskadi.eus/euskadibib/es/media/group/1339790.do?ocr-text=%22fiesta+del+arbol%22
24 de octubre de 1875. La Correspondencia de España. https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=aa3b651c-81d8-4854-8768-c551cc2d1226&page=6
31 de marzo de 1875. El Noticiero Bilbaino. https://www.euskariana.euskadi.eus/euskadibib/es/media/group/1363165.do?ocr-text=arnotegui
Archivo Municipal de Bilbao [AMB], Actas del Ayuntamiento de Bilbao [AAB].
Cantero, A. (2013). Los pinos centenarios de Adán de Yarza. Sustrai, Nº 101. Eusko Jaurlaritza – Gobierno Vasco. https://www.euskadi.eus/contenidos/boletin_revista/sustrai_101/eu_agripes/adjuntos/101_56_59_c.pdf
Omar Aspiazu, A. (1996). Monte Pagasarri. Euskadi Forestal – Euskadi Basogintza, Nº 46. Confederación de Forestalistas del País Vasco.
