Llevo un tiempo pensando que, en el fondo, todos somos un poco responsables de las historias que acaban en el olvido. Que no se me entienda mal, no pretendo soltar un sermón pesimista repleto de culpa judeocristiana, ni blanquear a las tradiciones historiográficas que recortan, silencian y edulcoran para salvaguardar los intereses de los vencedores. Lejos de como una carga o un castigo, entiendo esta responsabilidad histórica de cada cual como una inmejorable oportunidad para acercarnos al pasado desde nuevas perspectivas.
Al contrario que el futuro, con frecuencia imaginado como una hoja en blanco que nos incita a escribir el porvenir – aunque cada vez pinte más oscuro –, el pasado se nos suele presentar como una obra cerrada, intocable y acabada. Por continuar con el símil artístico, asistimos al pasado como visitamos museos; saltamos entre épocas, acontecimientos y personajes de la misma forma en que contemplamos la pintura: desde la distancia de seguridad, y dejando que sean otros los que expongan su visión del arte o, en este caso, de la historiografía. Y me parece que esta actitud es errónea. Desentenderse de la historia solo favorece la proliferación de relatos monolíticos y estancos, poco o nada preocupados por fomentar el pensamiento crítico o la reflexión. Y lo que es aún peor, cohíbe nuestras ansias por indagar y curiosear, nos relega a simples espectadores, y nos aleja de la construcción de la historia, privándonos de una diversidad de voces y narraciones imprescindible.
Pero este problema tiene solución: practicar el DHIY (do history yourself, haz historia tú misme) y aprender de la historia mientras participamos en su elaboración. Frente a la vitrificación del pasado propongo hacernos cargo de nuestra responsabilidad histórica. Cuanto antes aceptemos que la historia también depende de nosotros, antes podremos descolgar el mural fijado del pasado que tantos años llevamos adorando, y apropiarnos de él para completarlo, expandirlo, alterarlo, o, llegado el caso, incluso tacharlo, volviendo a comenzar en un lienzo en blanco. Eso sí, siempre desde la honestidad y el rigor científico, que este no es un llamamiento para conspiranóicos, negacionistas o falsarios de cualquier pelaje.
La cuestión es, una vez aceptada nuestra responsabilidad para con la historia, ¿por dónde empezar? Sé que asomarse a los anales puede dar vértigo. Las grandes historias de la humanidad imponen y pueden llevarnos a pensar que ya está todo escrito, o incluso que no somos más que impostores allanando el sagrado templo de la disciplina histórica. Por eso sugiero empezar por lo que tenemos más a mano: nuestra propia familia. Rebuscar entre nuestra genealogía nos ayudará a perderle el miedo a remover el pasado, y nos permitirá vislumbrar lo mucho que aún queda por contar. Porque es ahí, en lo cercano, en lo local, en lo pequeño, en lo personal, donde se abren las mayores grietas de la historia, esas que cada cual debe iluminar por sí misme.
Habrá quién piense que los árboles genealógicos son algo propio de trepas nostálgicos que suspiran por la pureza de sangre, los grandes linajes hidalgos y los rimbombantes blasones heráldicos. Y no le faltará razón. Pero tampoco es menos cierto que todes tenemos antepasados que dejaron una huella susceptible de ser rastreada. Un árbol genealógico es una herramienta alcance de cualquiera que nos permitirá llevar un registro de nuestro progreso. Además, es muy sencillo de empezar: basta con acudir a nuestros familiares vivos (y con afecto) más cercanos, y preguntarles. Progenitores, yayas, tíos, tías-abuelas: todos atesoran recuerdos, nombres, fechas o lugares, que pueden ser cruciales en nuestra búsqueda. A veces ese dato esquivo está a tan solo una pregunta de distancia. ¡Preguntad antes de que desaparezcan para siempre!
Pero, incluso si te encuentras solo en el mundo, también puedes seguir la pista de tus ancestros de forma muy fácil gracias al Registro Civil. Implantado en todo el Estado Español el 1 de enero de 1871, este registro recoge desde entonces las anotaciones demográficas de cada municipio de España, por lo que se trata de una fuente fundamental con la que bucear en nuestras raíces familiares. Y para empezar a tirar del hilo solo necesitamos nuestra propia partida de nacimiento. Además de nuestro nombre y fecha de nacimiento, este tipo de certificado también incluye información adicional de nuestros ascendientes, como nombres, fechas, lugares de nacimiento, estados civiles, profesiones y domicilios de nuestros progenitores, así como los nombres de cada uno de nuestros abuelos y abuelas. Partiendo de esta información, la lógica a seguir es la siguiente: solicitar la partida de nacimiento de cada una de las personas que nos antecedieron. Conociendo el nombre, la fecha y el lugar de nacimiento de un antecesor, podemos obtener su partida de nacimiento, y con ella, el nombre, la fecha y lugar de nacimiento del antepasado previo. Y así, sucesivamente, hasta llegar al 1 de enero de 1871. Fácil, ¿verdad?
Solo hay que tener algunas cosillas en cuenta antes de embarcarnos en este viaje genealógico. Es menester saber que nos enfrentamos a un trámite burocrático con la administración pública. ¡Eso es malo! El Ministerio de Justicia permite solicitar esta clase de certificados de forma telemática. ¡Eso es bueno! Sin embargo, tendremos que hacerlo mediante el caprichoso sistema de identificación CL@VE. ¡Y eso puede malo como un dolor de barriga! Por eso quiero relatar aquí mi propia experiencia, para demostrar que no es imposible, y brindar ayuda y apoyo a quién decida continuar por esta senda. Eso sí, antes de meterme en harina, quiero aclarar que también existe la posibilidad de hacer este trámite sin certificado electrónico, pero puesto que nos agilizará mucho el trabajo, vale la pena enfrentarnos a nuestros demonios tecnológicos y vencerlos de una vez por todas. Vuestros yos del futuro os lo agradecerán en sus próximas batallas administrativas. Y creedme, las habrá.
DNIe y Certificado electrónico:
El certificado electrónico se puede conseguir por dos vías: o bien en la Sede Electrónica de la Fabrica Nacional de Moneda y Timbre, o bien en una comisaría de policía, si tienes un DNI electrónico. No tenía yo intención de robarle ni un minuto de su valioso tiempo a nuestras queridas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, pero al final terminé en una comisaría. Y la verdad es que me sorprendió. Llegué sobre las 13:12 horas, realicé el trámite en una de las máquinas disponibles para la renovación, y a los pocos minutos ya tenía el certificado activado. ¡Rapidísimo y sin colas!
Con el certificado renovado, el siguiente paso fue buscar un lector de tarjetas. Algunos teléfonos ya traen incorporado un lector NFC, pero, si no fuese tu caso, en el marcado hay una gran gama lectores a partir de 10 €. Hazte con el más barato, o mejor, pídeselo prestado a tu cuñado y no se lo devuelvas nunca. Con la tarjeta renovada y el lector enchufado al equipo que vamos a utilizar, solo queda instalar en el ordenador algunos controladores del DNI electrónico para empezar a darle uso. Si te atrancas en esta fase, en Internet encontrarás infinidad de tutoriales que te enseñarán a hacerlo paso a paso. De verdad, vale mucho la pena completar esta yincana digital.
Formulario de solicitud del Certificado de Nacimiento:
Una vez que ya tenemos el certificado funcionando, solo nos queda acceder a la web del Ministerio de Justicia y rellenar el formulario en línea. Este formulario es la típica barrera burocrática que si no sabemos interpretar correctamente puede frenarnos en seco. Para que eso no ocurra, voy a explicar algunos de los campos que nos encontraremos en el formulario:
- En el apartado del solicitante (nosotros), debemos elegir hacerlo a nombre de un tercero (el antepasado buscado), y en calidad de autorizado.
- En la sección de la persona sobre la que se solicita el certificado de nacimiento, lo ideal sería rellenar cuantos más campos mejor, pero no todos son obligatorios, así que no te preocupes si no dispones de toda la información opcional. Lo que sí es obligatorio es introducir la fecha de nacimiento correcta. Pero incluso sin conocerla exactamente, es posible continuar con el trámite. Varias veces, debido a que solo conocía el año de nacimiento aproximado, me he visto obligado a introducir una fecha genérica, por ejemplo, 01/01/1901. En estos casos lo importante es añadir en observaciones todos los datos adicionales que conozcamos del sujeto buscado, por ejemplo la edad que tenía cuando nacieron sus hijos o nietos, o la fecha de su defunción.
- En el tipo de certificado, elije siempre certificado literal, ya que se trata de una fotografía del apunte original del Registro Civil, y, por tanto, es el tipo de documento que más información nos va a proporcionar.
- En un momento dado del formulario se te pedirá un justificante. Recuerda que estamos solicitando información sobre una tercera persona. En cada una de mis solicitudes yo he optado por aportar como justificante el certificado de nacimiento del descendiente directo, por ejemplo, el mío para solicitar la partida de nacimiento de mi madre, el de mi madre para solicitar la de mi abuela, etc. Hasta ahora siempre ha colado.
- ¡Expláyate en las observaciones y los motivos de la solicitud! Aunque estés ante un formulario frío y protocolario, recuerda que detrás de los Registros Civiles hay archivistas de carne y hueso que serán los encargados de tramitar tu petición. Por eso, yo recomiendo compartir abiertamente con ellos que estás reconstruyendo tu árbol genealógico. No escatimes en detalles y usa el apartado de observaciones para aclarar cualquier punto que pueda suscitar dudas. ¡Ah, y da siempre las gracias! La honestidad y la amabilidad te abrirán todas las puertas.
Posibles escenarios y respuestas:
Una vez enviada correctamente la solicitud, te puedes encontrar con los siguientes escenarios:
1) Encontraron la partida de nacimiento solicitada y la has recibido: ¡Enhorabuena! Ahora tienes que enfrentarte al texto. La grafía de los certificados literales puede ser difícil de entender, y seguramente tendrás que devanarte los sesos más de una vez para identificar esa letra del segundo apellido de tu tatarabuela. ¡La arqueología ortográfica es parte de este viaje! Ten paciencia, y busca referencias dentro del mismo texto. Si comparas con otras palabras lo terminarás descifrando.
2) Respuesta negativa: no se encontró la partida de nacimiento solicitada. Es posible que el nombre inscrito no coincidiese, que la ciudad o pueblo de nacimiento fueran otros, o que el registro se haya perdido. Pero no tires la toalla, prueba por otro camino. Si con la partida de nacimiento no funcionó, solicita la partida de defunción o el certificado de matrimonio. La información que buscas está ahí fuera; solo hay que dar con el documento correcto.
3) Mi antecesor nació antes de 1871: en estos casos debes abandonar el Registro Civil y adentrarte en la Casa del Señor. Las almas de todos nuestros ancestros están a buen recaudo en las iglesias, por desgracia la mayoría de éstas no están conectadas a la red de redes, así que tendrás que tratar con curas. Yo aún no me he atrevido a tanto, la verdad. En cualquier caso, antes ir a la iglesia, no está de más probar suerte en FamilySearch, el ingente archivo diocesano digitalizado de los mormones. Con tan solo darte de alta en su web tendrás acceso gratis a miles de documentos de la iglesia.
4) Cruza los datos. El árbol genealógico no deja de ser un apunte informativo: un nombre, una fecha y un lugar. Pero si queremos darle un poco más de vida a las semblanzas de nuestros antepasados, necesitaremos hacer búsquedas cruzadas. Busca en distintos archivos, como el Portal de Archivos Españoles (PARES), hemerotecas digitales, o la Gazeta, con diarios oficiales que van desde 1661 hasta 1959. ¡Encontrarse con un antepasado en otro archivo es todo un subidón!
Siguiendo estos simples pasos he sido capaz de remontarme 7 generaciones, y he sacado algunas conclusiones. Está claro que si hubiese nacido con vulva me habrían llamado María Josefa, y que en mi familia siempre fuimos pobres como ratas. Ellos, jornaleros del «campo»; ellas, dedicadas a las labores «propias de su sexo». También he desenterrado algún que otro secreto familiar, como el de la tatarabuela que fue madre soltera. Y he conseguido hacerme una idea de las rutas migratorias trazadas por mi familia a lo largo de siglo y medio. Sé que no son grandes hallazgos destinados a cambiar el curso de la historia, pero eso es lo de menos. La verdadera fuerza de un árbol genealógico reside en otro lugar, en su potencial para espolear nuestro interés por el ayer. Si nuestro árbol genealógico puede convertirse en una puerta de entrada a otras perspectivas históricas, ¡aprovechémoslo y parcheemos nuestro propio pasado!
