Desde esta chabola se ve el mar

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El otro día, mientras divagaba sin oficio ni beneficio de un enlace a otro, me topé con una página rescatada en Web Archive que describía los distintos barrios de Bilbao. De casualidad, quizá atraído por el nombre, pinché en Monte Caramelo, «el único barrio de Bilbao que tiene vistas, aunque limitadas, al mar». Por ser yo nuevo en la ciudad y sentirme en la obligación de conocer hasta el último de sus rincones, recibí aquel breve apunte arrumbado en internet como una llamada, un envite que me hizo enfilar hacia al monte en cuanto tuve un rato libre. Y, efectivamente, desde las terrazas de la barriada, al borde de empinadas laderas que dejan a cualquiera sin resuello, pude ver el mar, junto a una amplia panorámica del botxo. Pero allí arriba encontré algo más que una bonita postal. El barrio, formado por calles estrechas y pequeñas casas encaladas, se contraponía radicalmente a los altos edificios y las avenidas señoriales del centro, y, de alguna manera, me recordó a la almeina de mi pueblo, a cientos de kilómetros más al sur. ¿De dónde procedía aquella inesperada reminiscencia? De un pasado precario compartido que he podido conocer gracias al libro Este barrio de barro, del historiador Íñigo López Simón.

Mucho se ha escrito sobre la transformación industrial de Bilbao, que desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX permitió a la villa gozar de una privilegiada situación económica. Pero alejada del esplendor de la Gran Vía hubo otra historia muy distinta, la de quienes hicieron posible con su fuerza de trabajo el auge de la industria vizcaína y, aún así, vivieron en míseras chabolas. Conocidos despectivamente como maketos, coreanos o belarrimotzak (orejas cortas), estos inmigrantes llegados desde todos los puntos de la Península Ibérica eran tan necesarios como mano de obra, como indeseables en los barrios burgueses. Expulsados a la periferia de la ciudad, con bastante frecuencia a las faldas de los montes circundantes, se vieron forzados por la usura, la especulación y la escasez de vivienda a construir precarios refugios con sus propias manos. Con el éxodo rural de la posguerra la situación se agravó enormemente, contabilizándose en 1955 hasta 33 barrios de chabolas diseminados alrededor del municipio de Bilbao, en lo que varios autores han denominado como «el cinturón de la miseria». Monte Caramelo, Masustegi, Betolatza, Uretamendi, El Peñascal o Ollargan fueron algunos de esos asentamientos, donde en la década de los 50 llegaron a vivir hasta 26.000 personas, el 10 por ciento de la población bilbaína.

Con su libro, López Simón no solo rescata una realidad constantemente relegada en la historiografía, sino que además lo hace dando voz a los propios chabolistas. Entre los relatos recogidos por el autor encontramos historias de lucha, de fuertes lazos, y de apoyo mutuo, como las que se dieron en las comunidades vecinales impulsadas por curas obreros al margen de las jerarquías eclesiásticas, pero también aparecen el duro día a día de sus moradores, la falta de infraestructuras, el analfabetismo estructural o la violencia machista. Sin idealizarlo, López Simón entiende el chabolismo como una parte indivisible de Bilbao que moldeó su devenir como gran urbe:

«Cuando entrevisté a los habitantes de las chabolas, todos recordaban momentos duros, hambre y barro. Pero, sobre todo, elogiaban la solidaridad y el sentimiento de comunidad. Todos destacaron cómo llegaron a una ciudad que no conocían, cómo se sentían extrañados y solos. Todos destacaron cómo superaron sus miedos, cómo se unieron y cómo lucharon juntos por mejores condiciones de vida. La gente de las chabolas también le ha dado eso a la ciudad, no solo mano de obra. Bilbao también debe gran parte de su capital, económico, social y cultural, a quienes vivían en chabolas. Las asociaciones de vecinos fueron muy importantes en la creación y desarrollo de los movimientos sociales en Bilbao. Todavía están ahí. Florecieron en Otxarkoaga, Uretamendi y Errekalde y se extendieron por toda la ciudad.»

Escribió el geógrafo Pere López Sánchez que «El pasado de la ciudad de Barcelona puede ser útil para certificar que el protagonismo en el hacerse de la ciudad recae siempre en lo social.» Y esa constatación se reafirma en Bilbao. Tras una década ignorando el problema, y movidos más por la incomodidad y la mala imagen que ocasionaban las chabolas que por una verdadera vocación social, las autoridades franquistas iniciaron en 1959 el proyecto del Poblado Dirigido de Ocharcoaga. El 10 de agosto de 1961 comenzó el derribo de las primeras chabolas en la Campa de los Ingleses, dentro de un plan que buscaba reubicar a todos los chabolistas en el nuevo barrio y, de paso, aislarlos de una ciudad reservada solo a la ciudadanía respetable. Pero la destrucción de las barracas no consiguió acabar con las relaciones y las comunidades que en ellas se habían forjado. Muchas vecinas permanecieron en los asentamientos y lucharon para conseguir barrios dignos en unos terrenos que habían llegado a sentir como sus hogares. Ese fue el caso de Uretamendi, en el que López Simón profundiza.

Organizados en la Asociación San José Obrero, los vecinos de este barrio a las faldas del monte Arraiz construyeron sus propias viviendas sociales «sin intervención de las autoridades locales» en el mismo emplazamiento en el que se originó el poblado de chabolas, y no dudaron en llevar a cabo diversas acciones reivindicativas con las que reclamaron sus derechos como ciudadanos de la villa, como la marcha en burro hasta el ayuntamiento, o el secuestro de un autobús, a semejanza de los cinematográficos hechos protagonizados por el sindicalista comunista Manuel Vital en el barcelonés barrio de Torre Baró. En Masustegi y Monte Caramelo también secuestraron un autobús en 1984 para protestar contra el abandono del ayuntamiento. Sus vecinos, que en los años 60 se habían tenido que encargar por su propia cuenta de instalar la red de aguas, tenían claro que el apoyo del gobierno local no se iba a conseguir sin pelear. De hecho, Masustegi no existió en el ordenamiento urbanístico de Bilbao hasta 2010, cuando el consistorio compró el terreno por 1,5 millones de Euros al industrial Miguel de la Vía, dueño de una de las mayores colecciones de Rolls-Royce del mundo, y hasta entonces también del barrio.

Hoy día, inmersos en un proceso de desahucio global, en el que los poderosos utilizan la lógica del mercado para despojarnos hasta de nuestra última parcela privada, el chabolismo del siglo pasado nos recuerda no solo de dónde venimos, sino también hacia dónde vamos. Desde Monte Caramelo se ve el mar, y se percibe el legado de personas muy distintas que se enfrentaron juntas a la marginalidad impuesta y consiguieron prosperar en comunidad. Cuando seamos nosotros los expulsados, ¿qué vamos a hacer? ¿A qué horizonte vamos a mirar?

Fuentes:

López Simón, I. (2023). Este barrio de barro. Una historia del chabolismo en Bilbao. Txalaparta.

Grau, J. (Director). (1961). Ocharcoaga. [Película; vídeo online]. PROCUSA para el Ministerio de la Vivienda. https://www.youtube.com/watch?v=L0DUnjcz3mw

López Sánchez, P. (2025). Un verano con mil julios y otras estaciones: Barcelona, de la Reforma Interior a la Revolución de Julio de 1909. Virus Editorial.

Benito, C. (15 de septiembre de 2024). El 27: este autobús queda secuestrado. El Correo. https://www.elcorreo.com/bizkaia/autobus-queda-secuestrado-bilbao-20240915120718-nt.html

Filgueira, E. (11 de agosto de 2021). Masustegui: una ínsula imperecedera de puertas abiertas y calles angostas. Faro de Vigo. https://www.farodevigo.es/ourense/2021/08/08/masustegui-insula-imperecedera-puertas-abiertas-56038102.html