Cazadores de Hidras, tramperos de la revolución


La historia la escriben los vencedores. Lamentablemente esta frase tiene hoy tanta vigencia como cuando George Orwell la acuñó en 1944. La historia sigue siendo el coto privado de los que vencieron y de sus privilegiados herederos. Han aparecido, eso sí, nuevas voces críticas contrarias a los relatos monolíticos del pasado. ¡Y menos mal! Sin esas voces, la historiografía sería poco más que un mamotreto polvoriento e infumable, repleto de gestas, imperios y héroes difíciles de creer. Y lo que es aún peor, nuestras perspectivas históricas continuarían secuestradas por discursos de señores decimonónicos, blancos, burgueses, intelectuales y barbudos que jamás tuvieron que limpiar los palominos de sus propios gayumbos (retahíla inspirada por la compinche del Fediverso Paula). Acabaríamos pareciéndonos a Daniel Bernabé, agitando airadamente el puño contra La trampa de la diversidad, incapaces de comprender otras realidades como las que plantean el feminismo, los movimientos decoloniales o las luchas LGTBIQ+. Por suerte, como digo, cada vez contamos con más voces discrepantes que nos permiten asomarnos a otros lienzos del pasado más allá de naturalezas muertas. Y las últimas que he tenido el placer de conocer han sido las de los historiadores Marcus Rediker y Peter Linebaugh en La Hidra de la revolución: Marineros, esclavos y comuneros en la historia oculta del Atlántico.

Siguiendo las estelas de las embarcaciones que entre los siglos XVII y XVIII hicieron posible el comercio atlántico, Rediker y Linebaugh rescatan en su libro las revueltas ocultas en galeras, prisiones y destierros que acompañaron al surgimiento de los nuevos imperios del norte y su inseparable economía capitalista. Ocultas para nosotros, que hemos sido instruidos en la historia certificada y lineal de las potencias vencedoras, pero no para sus coetáneos. Porque, aunque fracasaron, aquellos revolucionarios enfrentados al forzoso primer libre mercado conformaron un bloque de resistencia feroz, reconocido y temido por los dueños de plantaciones y los gobiernos coloniales de dos continentes. Prueba de esta aprensión e inquina fue la insistencia con la que los filósofos y teóricos del nuevo orden retrataron incesantemente a estos rebeldes como monstruos a erradicar. Giambattista Vico, Andrew Ure y sobre todo Francis Bacon, con su doctrina biológica de la monstruosidad, se valieron del mito de Hércules y la Hidra para aleccionar y castigar a quienes se opusiesen a sus postulados.

A lo largo de varios siglos, como han sabido rastrear los autores, este mito no solo fue utilizado como un mero recurso retórico, sino que se convirtió en una alegoría moral con efectos tangibles, guía de legisladores y mandatarios, donde el hijo de Zeus era «un símbolo de fuerza y orden», que encarnaba los denodados esfuerzos de los poderosos por implantar el «Estado territorial centralizado», mientra que las monstruosas cabezas de la Hidra representaban a los diferentes grupos de insurrectos que se negaban a obedecer los designios de los nuevos Estados, y amenazaban con truncar «el desarrollo económico». En la mitología, la tarea de Hércules consistía en cortar todas las cabezas de la Hidra; en la realidad económica y política de los siglos XVII y XVIII, los imperios capitalistas también utilizaron la violencia, el terror y la represión para cercenar cualquier iniciativa contraria a sus intereses. Pero, al igual que ocurriese con la bestia mitológica, tras cada rebelión sofocada, aparecía una nueva. Y Rediker y Linebaugh se han encargado en su libro de dejar constancia de la larga tradición revolucionaria atlántica que resurgió una y otra vez para plantar cara a la expansión del capitalismo, y a su inherente sistema colonial y esclavista.

Pero, ¿quienes fueron aquellos revolucionarios que conformaron la Hidra de muchas cabezas? Los autores lo tienen claro: fueron proletarios. Sin embargo, describen a un proletariado muy distinto al entendido desde el obrerismo identitario sin fisuras por el que suspira Bernabé. Rediker y Linebaugh nos muestran al proletariado de aquellos siglos no como una clase compacta e indivisible, sino como un cúmulo de realidades diversas que en momentos cruciales de la historia colaboraron y se opusieron al nacimiento del capitalismo desde sus propias convicciones, necesidades y trincheras. En palabras de los propios autores:

«En el proletariado estaban todos incluidos, desde los jóvenes hasta los viejos, desde los grumetes hasta los viejos marineros, desde los aprendices hasta los viejos y experimentados maestros, desde las prostitutas jóvenes hasta las viejas “lagartas”. Era multitudinario, numeroso y crecía continuamente.»

De hecho, ahí radica la mayor virtud de La Hidra de la revolución, en seguir el recorrido de la mecha revolucionaria desde perspectivas dispares, por muy distantes que parezcan entre si los focos de la rebelión: de los campesinos desposeídos de tierras comunales obligados a trabajar como leñadores y aguadores a las doctrinas antinomistas, de los piratas caribeños a las cuadrillas variopintas de la Revolución estadounidense, de los irlandeses desterrados a los esclavos africanos. Es más, si aceptamos el punto de vista de los autores, podemos inferir que fueron aquellas primeras luchas multiculturales en el albor del capitalismo, y los vínculos entre marineros con ansias de libertad, cimarrones emboscados o religiosas predicando sobre el comunismo, las que más tarde cimentarían el surgimiento de una clase trabajadora consciente de su lugar en la historia. Y esa perspectiva no deja en muy buen lugar a los discursos que despotrican contra las resistencias varias que se enfrentan hoy al capitalismo. Se podría llegar a pensar que estos nuevos pensadores continúan con el legado de Bacon, acusando de monstruos a quienes no encajan en sus rígidos juicios. ¿O acaso es casualidad que uno de los grotescos retratos de Arcimboldo ilustre La trampa de la diversidad? Para todos ellos, Rediker y Linebaugh tienen un último aviso:

«El énfasis que la historia moderna del trabajo ha puesto en los artesanos/ciudadanos propietarios o en los trabajadores industriales que fueran blancos, varones, cualificados, asalariados y nacionalistas ha ocultado la historia del proletariado atlántico de los siglos XVII, XVIII y principios del XIX. Aquel proletariado no era un monstruo, ni era una clase cultural homogénea y, desde luego, no era una raza. Era una clase anónima, sin nombre.»