Ser de derechas es el nuevo punk, o ese es al menos el último grito entre los conservadores reaccionarios. Desde hace unos años, autores, periodistas y flipaos con micrófono y acceso a internet están empeñados en hacernos creer que las actitudes misóginas, racistas u homofóbicas son la seña de identidad de una nueva contracultura contestaría. No es que seas facha por rechazar la inmigración y suspirar por un pasado glorioso, solo eres un canallita rebelde. Reivindicas a la familia tradicional como una minoría amenazada, desafías las normas del gobierno que quieren limitar la velocidad a la que puedes poner tu BMW, y, siempre que tienes la oportunidad, protestas contra la tiranía de la inclusión forzada. Esta vertiente de la guerra cultural, incitada desde la derecha, pretende poner en valor los mismos principios trasnochados que ya olían a rancio hace un siglo, convenciéndonos de que los cayetanos negacionistas y abiertamente nazis son poco menos que inconformistas enfrentados a las injusticias de la dictadura woke, verdaderos luchadores antisistema contra un régimen totalitario. Se ve que estos nuevos punks de derechas no han escuchado en su vida a Crass.
Es cierto que algunas de las figuras más destacadas de esta subcultura nacida en la década de los setenta han flirteado con la simbología, e incluso abrazado postulados abiertamente derechistas. Artistas de la primera ola del punk, como Siouxsie o Sid Vicious, utilizaron esvásticas en su indumentaria a modo de provocación. El propio Johnny Ramone llegó a afirmar en una entrevista que «el punk es de derechas», y Johnny Rotten, el cantante de Sex Pistols, ha mostrado públicamente su apoyo a Trump. Tampoco se puede ignorar la escena punk neonazi que, auspiciada por el partido xenófobo National Front, aprovechó la popularidad del nuevo género para propagar su mensaje de odio con iniciativas como Rock Against Communism.
Esta conexión entre el punk y la ideología de derechas también ha sido explotada desde el ámbito académico. Trabajos como I Won’t Let That Dago By: Rethinking Punk and Racism, del profesor de cultura popular Roger Sabin, intentaron refutar la percepción ampliamente extendida del punk como un movimiento de izquierdas. Y ahora que la extrema derecha global vuelve a sentirse fuerte y confiada, este fenómeno ha resurgido. La veta del punk de derechas se ha reabierto ofreciendo a los retrógrados de toda la vida la oportunidad de reivindicarse, no como viles matones, sino como rebeldes con una causa. Por eso hoy más que nunca es necesario recordar que el punk, la mayoría de las veces, ha estado en el lado correcto de la historia, y no dando palizas a inmigrantes indefensos.
De hecho, la aparición de Rock Against Communism solo fue una respuesta reaccionaria para intentar contrarrestar la enorme influencia de un movimiento multitudinario que en 1976 plantó cara al auge del National Front y a su propaganda racista: Rock Against Racism (RAR). En aquella época los discursos de odio contra la inmigración campaban a sus anchas por toda Inglaterra, también sobre los escenarios de las grandes estrellas del rock. Eric Clapton, remedando las soflamas fascistas de Enoch Powell, pidió en un concierto en Birmingham «impedir que Gran Bretaña se convierta en una colonia negra. Sacar a los extranjeros. Sacar a los negros. Sacar a los coons. Mantener a Gran Bretaña blanca». Por esas mismas fechas, David Bowie reconoció en varias entrevistas creer «firmemente en el fascismo». Frente a esas declaraciones reaccionarias, RAR se convirtió en una plataforma de defensa antirracista desde la que se organizaban conciertos y marchas en repulsa a los ataques sufridos por las comunidades migrantes del Reino Unido, y se fomentaba la toma de conciencia entre los jóvenes punks. Uno de sus actos más destacados fue el Carnival Against Racism celebrado el 30 de abril de 1978. Aquel día, 100.000 personas marcharon desde Trafalgar Square hasta Victoria Park para asistir a un concierto al aire libre donde The Clash, Steel Pulse, Tom Robinson Band, X-Ray Spex, Jimmy Pursey de Sham 69, y Patrik Fitzgerald descargaron toda su rabia punk (y reggae) contra el fascismo.
Aunque si hubo una banda punk que no solo se posicionó, sino que además actuó según los ideales antifascistas de sus canciones, esa fue Crass. Fundada en 1977, esta banda se creó como el proyecto musical de un colectivo más amplio, conformado por distintas sensibilidades artísticas con un objetivo común: promover y vivir la anarquía. Desde la comuna de Dial House, una histórica granja ocupada de Essex que funcionaba bajo la política de puertas abiertas, Crass y sus miembros libres se dedicaron a escribir y a grabar canciones que confrontaban las convenciones sociales y defendían un amplio abanico de causas, desde los derechos de los animales, hasta el feminismo, el pacifismo o el anticapitalismo. Guiados por la ética punk del DIY (Do it yourself, Hazlo tú mismo), inauguraron la corriente del anarcopunk, fundaron su propio sello musical con el que ayudaron a publicar a otras bandas, se aventuraron con diversos medios audiovisuales, como el vídeo o el collage, y, sobre todo, se involucraron políticamente. Además de promover y participar en la ocupación de inmuebles vacíos, los integrantes de Crass también se enfrentaron activamente al gobierno de Margaret Thatcher y se opusieron a la Guerra de las Malvinas. De esta oposición quedó como constancia sonora How Does It Feel To Be The Mother Of A Thousand Dead?, un sencillo que llegó a ser debatido como un asunto de estado en el Parlamento Británico. Aunque su ataque más sonado fue sin duda el Thatchergate.
Por Thatchergate se conoce la crisis política ocasionada tras la filtración de una supuesta llamada telefónica entre el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher. En la grabación se hacía referencia al crucero argentino Belgrano, en el que murieron 323 marineros tras un ataque de un submarino nuclear fuera de la zona exclusión establecida por el Reino Unido, y se daba a entender que, con la intención de acelerar el conflicto con Argentina, la marina inglesa también había hundido deliberadamente uno de sus propios destructores, el HMS Sheffield. Al mismo tiempo, se insinuaba que Reagan estaba dispuesto a convertir Europa en un campo de batalla donde medirse con la URSS.
Cuando la cinta salió a la luz en 1983, el Departamento de Estado de Estados Unidos la identificó como propaganda soviética. Por su parte, según los documentos oficiales desclasificados en 2014, el MI6 británico sospechaba que se trataba de un montaje orquestado por la inteligencia argentina. Ni unos ni otros acertaron. En realidad la grabación había sido ideada y manufacturada por Crass que, con la intención de influir en los comicios de 1983 y evitar así la reelección de Thatcher, logró filtrar el montaje hasta los canales de inteligencia gubernamentales. La dama de hierro ganó las elecciones igualmente y un periodista de The Observer destapó el engaño, pero al menos Crass fue capaz de sacarles los colores a varios servicios de inteligencia, y de llamar la atención sobre el nefasto conflicto de las Falklands. Por el camino, los músicos también se granjearon el odio de todo el thatcherismo.
La banda que diagnosticó la muerte del punk desapareció en 1984, pero su espíritu iconoclasta, su autogestión combativa y su rechazo sin medias tintas al autoritarismo conservador han sido recogidos por una miríada de grupos que, a día de hoy, siguen demostrando que el punk aún es un terreno fértil para la emancipación y la liberación social. Y el ejemplo más claro lo tenemos en Myanmar. Desde los primeros momentos del golpe de estado ocurrido el 1 de febrero de 2021, y a pesar del peligro que corrían sus vidas, los punkis de Yangon no dudaron en organizarse para protestar contra la dictadura militar de Min Aung Hlaing. Varias bandas, como The Rebel Riot, Kultureshock, The Outcast y The Slingshot, se unieron y formaron el colectivo Cacerolazo —llamado así en honor a las protestas en Chile contra Pinochet—, desde el que han denunciado los crímenes y abusos de la junta militar. Pero la comunidad punk de Myanmar no se ha limitado a gritar su disconformidad hacia el régimen, sino que también ha participado de forma activa en la resistencia, con iniciativas solidarias como el programa de ayuda mutua Food Not Bombs. Originada en 2013 por miembros de The Rebel Riot, esta campaña de reparto de alimentos continúa ayudando a las personas más necesitadas del país, sumido en una guerra civil que ya ha ocasionado miles de muertos y más de 3 millones de desplazados.
Como bien dijo el Nega en una entrevista: «Ningún grupo de música va a salvarte del fascismo.» Y esto también aplica para los géneros musicales. Ni el hip hop, ni el rock, ni la polca correntina están libres de ser utilizados como un medio de difusión de las ideologías más dispares. El punk tampoco. Lo que sí determina la impronta que deje una escena musical o cultural son las acciones que lleven a cabo los artistas y la comunidad que la componen. Y en ese sentido, la historia demuestra que el punk siempre ha estado más cerca de las causas sociales que de intereses nacionalistas, religiosos o económicos. Aún así, los nuevos punkis de derechas están en todo su derecho de meterse en el pogo si así lo desean. Eso sí, que no lloren si de pronto empieza a sonar Nazi Punks Fuck Off de los Dead Kennedys.
Fuentes:
Oey, A. (Director). (2006). Crass: There is No Authority But Yourself. [Película; Vídeo online]. https://www.youtube.com/watch?v=qIa_jVDRYg4
Shah, R. (Director). (2019). White Riot. [Película].
Sabin, R. (1999). I Won’t Let That Dago By: Rethinking Punk and Racism reference. Roger Sabin (Ed.), Punk Rock: So What? The Cultural Legacy of Punk (pp. 199 – 218). Routledge.
Hogan, L. (15 de junio de 2024). Punks among grassroot groups providing hope as millions struggle with hunger in Myanmar. ABC News. https://www.abc.net.au/news
The National Archive. (2014). Forged recording of telephone conversation between Prime Minister and President Reagan during Falklands campaign.
