Cada año, cuando llega el mes de junio, escucho eso de que el Orgullo no es una celebración, sino una reivindicación que conmemora una revuelta popular. Y siempre que me encuentro con esa declaración de principios, me siento bien. Me reconforta pensar que, al participar en el desfile, o al asistir a charlas y ciclos de cine queer, contribuyo y, de alguna manera, formo parte de aquellas protestas iniciales. Sin embargo, también intuyo que detrás de ese alivio se esconde cierto grado de conformismo con el que consolarme y calmar mi mala conciencia de asistente pasivo. ¿O acaso reduciéndolo a una mera consigna no invisibilizo el carácter combativo de las luchas originarias? A fin de cuentas, el pinkwhasing, el lavado de imagen rosa con el que instituciones y empresas persiguen acomodar los auténticos valores del Orgullo a sus intereses económicos e ideológicos, también aplica a las personas. Así que, para intentar limarme algunas de mis muchas contradicciones, me he propuesto conocer más en profundidad la historia del Orgullo, y con ella la de los Disturbios de Stonewall. De la mano de los historiadores y activistas por los derechos LGTBIQ+ David Carter y Martin Duberman, he podido bucear entre los sucesos de aquella noche del 28 de junio de 1969, cuando al grito de «Gay Power» una multitud plantó cara a la represión policial.
Todo empezó en el Stonewall Inn. El bar era uno de los muchos locales gais que abundaban en el neoyorquino barrio de Greenwich Village. En él se daban cita los diversos sentires de la comunidad queer, y aunque estaba lejos de ser el refugio soñado —controlado por la mafia que despreciaba a la clientela homosexual, el establecimiento cobraba precios abusivos y frecuentemente era asediado por redadas policiales—, hombres y mujeres travestides, lesbianas, gais y personas trans podían al menos bailar, beber y ser elles mismes durante unas horas. El 28 de junio, alrededor de las 01:20 AM, la policía volvió a hacer acto de presencia, solo que en esa ocasión el operativo no transcurrió como se esperaba.
Varios agentes de paisano hicieron salir a les presentes en el bar formando dos filas: por un lado las que tuviesen vestimentas femeninas y por otro los ataviados con ropas masculinas. Como en otras ocasiones, la intención era arrestar a los clientes sin documento de identidad o que llevasen ropas distintas a las «apropiadas según su sexo». En esta clase de razias, quién recibía la bula de las fuerzas de seguridad solía huir del lugar de los hechos sin mirar atrás; por el contrario, quien no tenía tanta suerte terminaba esposade en un furgón policial. Sin embargo, lejos de dispersarse, aquella noche les indultades decidieron permanecer junto a la entrada del Stonewall Inn, protestando contra las vejaciones policiales.
Existe cierta controversia sobre quién lanzó el primer ladrillo. Según los testimonios recogidos por Carter, la mecha la habría prendido una lesbiana de estética butch, que tras ser golpeada arremetió con rabia «berserker» contra varios policías, incendiando así los ánimos de los cientos de personas que se agolpaban frente al bar. Otros testigos, sin embargo, sitúan el detonante en la detención de una drag queen. Como afirmó Duberman, es bastante probable que el origen no tuviese un único foco, sino que respondiese a varios eventos simultáneos: jóvenes gais sin techo encarando a la policía, queens resistiendo al desalojo, la ansiosa muchedumbre harta de aguantar abusos. Y así fue como se desató la furia. Entre abucheos y zarandeos, agentes y gais se enzarzaron en una auténtica batalla campal. En el caos de la refriega se consiguió abrir el furgón y varies detenides pudieron escapar. Los insultos dieron paso a una lluvia de monedas, botellas y cubos de basura en llamas. Los policías, incapaces de contener a les manifestantes, tuvieron que refugiarse en el mismo local que pocas horas antes habían intentado clausurar. Desde el lóbrego interior del bar, temiendo por su integridad física, el inspector Seymour Pine solicitó a las 02:55 AM la intervención de la Tactical Patrol Force.
Cuando la patrulla antidisturbios llegó a Christopher Street, le fue imposible avanzar; una muchedumbre había tomado la calle impidiendo por completo el tráfico rodado. El escuadrón, completamente pertrechado, se vio obligado a continuar a pie. En formación de cuña, curtidos en innumerables manifestaciones contra la guerra de Vietnam, los policías confiaban en que su sola presencia achantase a les alborotadores. Nada más lejos de la realidad; lo que se encontraron fue, en palabras de Duberman, «un coro de reinas burlonas, abrazadas, dando patadas al aire al estilo de las Rockettes y cantando a todo pulmón.»
«We are the Stonewall Girls,
We wear our hair in curls.
We wear no underwear:
We show our pubic hairs.»
Durante varias horas, les escandaloses manifestantes jugaron al ratón y al gato, poniendo en jaque a las fuerzas de seguridad. La multitud perseguida se desbandaba para volver a reagruparse a espaldas de la tropa de asalto y continuar lanzando proyectiles. Solo el agotamiento de les rebeldes permitió a la policía hacerse con el control de la calle. Aunque por poco tiempo.
A la mañana siguiente toda la ciudad de New York estaba enterada de lo ocurrido en Greenwich Village. El activista Craig Rodwell, presente en los disturbios de la noche anterior, había hecho correr la voz, y los tres diarios más importantes de la ciudad —el Times, el Post y el News— se habían hecho eco de las protestas. Desde primera hora, curiosos, turistas, policías y enardecidos gais transitaban por Christopher Street a la espera de que sucediese algo. La exaltación tras semejante desafío a la autoridad lo impregnaba todo y, como lo recordaría más tarde Rodwell, aquel sábado se volvió a vivir «una manifestación pública de ira real, simplemente eléctrica.» A última hora del sábado las calles de Greenwich Village volvían a ser dominio de la comunidad gay. Se cortó el tráfico, y se confrontó a la policía. La drag queen Marsha P. Johnson destrozó el parabrisas de un coche patrulla al dejar caer una pesada bolsa desde lo alto de una farola. La Tactical Patrol Force cargó de nuevo contra la multitud, y gradualmente la calle se fue despejando, pero la consciencia, la rabia y el orgullo ya eran irreductibles.
Si bien es cierto que el de Stonewall no fue el primer enfrentamiento entre la comunidad queer y la policía —para la posteridad quedan los disturbios en la cafetería Compton’s en San Francisco en 1966, o los del Black Cat Tavern en Los Ángeles un año más tarde—, es innegable que los hechos sucedidos aquel 28 de junio de 1969 supusieron un antes y un después para el movimiento gay. Mientras que organizaciones homófilas como Mattachine Society o Daughters of Bilitis se habían centrado desde los años 50 en la vía legal, esforzándose en promover la idea de que los homosexuales no eran distintos de los heterosexuales, los eventos insurreccionales de Stonewall propiciarían la aparición de cientos de nuevas asociaciones que, inspiradas en las militancias radicales estudiantiles y de las Panteras Negras, elevaron la lucha por los derechos LGTBIQ+ a un nuevo nivel. Frank Kameny, el que fuese presidente de la Sociedad Mattachine de Washington, lo resumió años más tarde así: «Para la época de Stonewall, teníamos entre cincuenta y sesenta grupos gay en el país. Un año después, había al menos mil quinientos. Dos años después, según se pudo contabilizar, eran dos mil quinientos.» De entre esa miríada de nuevos grupos de defensa, destacaron por su compromiso combativo el Gay Liberation Front, cuyo objetivo era enfrentar todas las formas de sexismo y supremacía masculina, y trabajar por la revolución social mundial, y STAR (Street Transvestite Action Revolutionaries), fundado por las drag queens presentes en la primera línea de Stonewall Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson.
El 28 de junio de 1970, para conmemorar la revuelta, Craig Rodwell y otros activistas organizaron el primer Día de la liberación de Christopher Street. La marcha, que transcurrió por 51 manzanas hasta llegar a Central Park, también fue seguida en Los Ángeles y Chicago. Un año más tarde dio el salto a Europa, dónde varias ciudades acogieron manifestaciones similares. Desde entonces el Pride se ha convertido en una fecha señalada y celebrada en miles de ciudades alrededor de todo el mundo. Menos en Budapest. Desde que el pasado mes de marzo el gobierno derechista de Viktor Orbán aprobase una ley que prohíbe las marchas LGTBIQ+, el Orgullo vuelve a ser ilegal en Hungría. Los asistentes y organizadores que desoyendo el aviso pretendan marchar este 28 de junio por la capital húngara enfrentarán «consecuencias legales». Quizá este sea el recordatorio más evidente de que el Orgullo nunca fue solo una celebración, y, al igual que ocurriese entonces en Stonewall, quizá haya llegado el momento de volver a rescatar su esencia: la lucha.
Fuentes:
Duberman, M. (2019). Stonewall: The definitive story of the LGBTQ rights uprising that changed America. Penguin Random House.
Carter, D. (2004). Stonewall : the Riots That Sparked the Gay Revolution. St. Martin’s Press.
