La parodia nacional


Las naciones me la soplan, y me acabo de meter entre pecho y espalda Mater Dolorosa, tremendo tocho del historiador José Álvarez Junco sobre el nacionalismo español. La coherencia nunca fue mi fuerte. Pero es que no he podido evitarlo; siempre me ha llamado la atención la bipolaridad del nacionalismo. Es una ideología que puede servir como fuente de orgullo y motivo de escarnio al mismo tiempo, en un mismo lugar y dentro de una misma cabeza. En su idea conviven los dos famosos lobos del meme: uno enseñando los dientes a los enemigos de la patria, y otro con el rabo entre las piernas ante los desmanes del fervor nacional. No hay más que acudir a los enfrentamientos de la última década entre el catalanismo y el estado español para comprobarlo. Mientras que ambas identidades se afanaban por enarbolar banderas, ensalzar sus particularidades culturales o reivindicar como propio a Cristóbal Colón, tanto españoles como catalanes no han dudado en utilizar el nacionalismo (del otro) como arma arrojadiza con la que desacreditar al adversario. ¡Ni que el término hubiese estado involucrado en alguno de los más horrendos crímenes contra la humanidad!

A poco que se rasque, las incoherencias del nacionalismo se hacen evidentes, y aún así el binomio estado nación sigue gozando de una salud envidiable; pocos parecen hoy dispuestos a renunciar a la fuerte adhesión y a la enorme movilización que esta ideología genera. Quizá por eso se han desarrollado nuevos planteamientos que aspiran a seguir beneficiándose del empuje nacional eludiendo su parte más fea. Los nacionalismos periféricos de la península ibérica, por ejemplo, se han decantado en los últimos años por el soberanismo o el independentismo como fórmulas alternativas bajo las que continúan reclamando el derecho a la autodeterminación de sus respectivas naciones. En el caso español, por el contrario, parece que se ha optado por negar la mayor. Se entiende el nacionalismo como algo ajeno, propio de separatistas, mientras que las manifestaciones identitarias españolas se presuponen expresiones comunes y naturales. Pero, como bien han sabido señalar los soberanistas, esa asunción de un carácter natural e innato también es nacionalismo.

Así que, con la intención de identificar y desenmascarar el nacionalismo español (del que, quiera o no, yo también he mamado), me he metido de lleno en la obra de Álvarez Junco. Y gracias al recorrido propuesto por el autor, que va desde el inicio del siglo XIX con la invasión napoleónica y la Guerra de la Independencia, hasta el desastre del 98 y su larga sombra sobre la primera mitad del siglo XX, no solo he podido confirmar mis sospechas sobre el trastorno bipolar nacional, sino que, además, he descubierto una faceta inesperada del nacionalismo: su vis cómica. Siguiendo con los símiles memísticos, el españolismo se asemejaría más bien a esa caricatura de internet del dragón de 3 cabezas: junto a la altiva y a la compungida, se alzaría una tercera testa, ridícula, risible, payasesca.

¿De qué otra forma si no se puede calificar a una ideología entregada a la defensa de lo «español», un apelativo acuñado probablemente más allá de los Pirineos? Ésta y otras contradicciones jalonan constantemente el relato de Álvarez Junco, hasta el punto de hacernos pensar si no serán el ridículo y la burla los auténticos motores del sentir nacional:

«Si los nacionalistas leyeran algo más que su propia literatura, probablemente relativizarían mucho el carácter sacrosanto de sus ídolos y leyendas. Considerable ironía es que el mito de Santiago, personificación de España e instrumento de movilización antinapoleónica, debiera su lanzamiento inicial a una corte y unos monjes que hoy, con nuestra visión del mundo dividida en realidades nacionales, habría que llamar franceses. Tampoco lo es pequeña el que la comunidad humana a la que más tarde los europeos atribuirían un innato “espíritu de cruzada” fuera en la Edad Media un mundo de convivencia de culturas y que la idea de “guerra santa” se importara desde Europa. Pero raya en el sarcasmo que el término mismo que designa a los componentes de la nación tenga todos los visos de ser, en su origen, lo que un purista no podría por menos de considerar un extranjerismo».

Aunque ningún elemento del nacionalismo patrio resulta tan paródico como su catolicismo. Omitiendo los 8 siglos de presencia musulmana en la península, la expulsión de moriscos y judíos, y sus conversiones forzosas, los nacionalistas suelen identificar lo español con un catolicismo nativo, entendido «como un accidente paisajístico, que siempre ha estado ahí y seguirá estándolo». Sin embargo, el autor de Mater Dolorosa hace muy bien en recordarnos que, en el albor de las naciones, el principal enemigo de esta nueva «comunidad imaginada» española fue la propia iglesia católica.

La nación española nació, en efecto, de planteamientos liberales basados en el racionalismo moderno, y como tal, era percibida como una invención demoníaca al servicio de la revolución a la que la iglesia, garante del trono y de la jerarquía del Antiguo Régimen, no podía menos que oponerse encarnizadamente. Como muestra de esta inquina antinacional quedan los escritos reaccionarios del fraile dominico Francisco Alvarado, conocido como el Filósofo Rancio, y del embajador de la corte Juan Donoso Cortés. No sería hasta el último tercio del siglo XIX, con las aportaciones del neocatólico Marcelino Menéndez Pelayo, cuando ambas doctrinas, en una conversión no menos milagrosa, se unirían bajo el nacionalcatolicismo. Álvarez Junco retrata esta evolución no exenta de luchas de poder y posturas contrapuestas de la siguiente manera:

«No hay más que reparar en el hecho de que, en la guerra carlista de los años 1830, a las tropas isabelinas o liberales se les aplicaba el adjetivo de “nacionales”, frente a sus enemigos carlistas, “absolutistas” o “apostólicos”. Exactamente cien años después, en otra guerra civil no menos terrible, quienes se autocalificarían como “nacionales” serían los conservadores, los herederos del carlismo antiliberal».

A finales del siglo XIX la identidad nacionalista española había quedado fijada, pero era indistinguible de la fe católica. Por ponerlo en perspectiva, mientras que el nacionalismo francés homenajeaba a Voltaire, o celebraba el centenario de la Revolución con la Exposición Universal en París y la inauguración de la torre Eiffel, en España se hacía alarde del catolicismo, consagrando el país al Sagrado Corazón, y alabando a Teresa de Jesús (mística, por cierto, proveniente de una familia de judíos conversos). Como recoge el autor de Mater Dolorosa, el periódico carlista El Siglo Futuro llegó a congratularse por los «trece siglos de glorias católicas españolas» al mismo tiempo que repudiaba los cien años «de espantoso desenfreno moral e intelectual» en Francia. Irónicamente, el catolicismo conservador se había apoderado de lo que un día rechazase con todo su ahínco por tratarse de un terreno abonado por el liberalismo laico.

Como acierta en reconocer Álvarez Junco, «las historias nacionales siempre tienen mucho de irónico y hasta podría ser divertido si no condujeran con tanta frecuencia a la tragedia». Y no le falta razón, pues ya sabemos lo que vino después. Bajo la bandera de ese nuevo nacionalcatolicismo, y con la misión de erradicar a cualquier enemigo interior que se opusiera a los designios de la patria (la llamada anti-España), los reaccionarios dictaron el devenir del país durante 40 años con puño de hierro. Por eso sorprenden las líneas esperanzadas con las que el historiador concluye Mater Dolorosa:

«En los últimos años, el españolismo ha intentado asociarse al “patriotismo constitucional”, a un ideal cívico y pluricultural, distanciándose así de sus conexiones con el franquismo. Del éxito de esta asociación depende su supervivencia».

Quizá en 2001, cuando se publicó Mater Dolorosa, aún era pronto para reconocer el siguiente número humorístico del españolismo. Pero el tiempo lo pone todo en su sitio, y aquel constitucionalismo cívico y pluricultural se ha terminado revelando como la enésima reinvención del nacionalismo reaccionario. Para los anales de la historia nacional quedará la esperpéntica foto de Colón, donde liberales (en lo económico), conservadores y derechistas de toda la vida se dieron cita, una vez más, para conjurarse contra los enemigos de España.

Sinceramente, a estas alturas no esperaría nada bueno del nacionalismo; me parece mucho más útil reírse a carcajadas a su costa.