Una serie de desdichadas revueltas andaluzas


Si la historia es, como la definió E. H. Carr, «un diálogo continuo e interminable entre el presente y el pasado», hay hechos históricos que no pasan de conversación de ascensor. Ya sea por falta de interés, por costumbre, o por simple comodidad, constantemente damos por sentados atributos del pasado que, en el mejor de los casos, solo son interpretaciones parciales. Y hasta cierto nivel es comprensible; en nuestro día a día, con saber que la defensa numantina fue heroica, o que en el Toledo andalusí convivieron las 3 culturas, nos sobra. ¡Bastantes cosas tenemos ya de las que preocuparnos! El problema viene cuando ese reduccionismo se perpetúa desde la divulgación histórica, o incluso desde la propia historiografía. La renuncia a nuevas pesquisas, las fuentes redundantes, el consenso forzado o la querencia por versiones cada vez más simples y uniformes, van deshojando a los acontecimientos históricos de sus perspectivas más poliédricas, hasta convertirlos en meros fósiles cerrados bajo llave en la intocable vitrina de la historia. Ese es el caso de los «Sucesos de Montilla».

Bajo ese nombre se conoce a la revuelta popular que estalló en la localidad de la campiña cordobesa el 12 de febrero de 1873. Un día después de la abdicación de Amadeo I de Saboya y de instaurada la República, cientos de personas tomaron las calles del municipio, incautaron armas, y asaltaron las casas de los prominentes. El motín, sofocado al día siguiente por dos compañías del ejército, se saldó con el incendio de 8 viviendas, entre las que se contaban la del alcalde y el Registro de la Propiedad, el asesinato de 5 personas, siendo una de ellas el vecino más rico del pueblo, y 40 detenidos.

Desde el momento en que se dieron a conocer estos hechos se expuso claramente el carácter violento de la revuelta. Así lo demuestran la amplia cobertura en la prensa de la época, y los relatos de los cronistas locales Rafael Requena Salas y José Morte Molina, que dejaron detallada constancia sobre los desmanes de los insurrectos. «Arrebatos del populacho montillano» los definió el historiador Ildefonso Antonio Bermejo en su obra Historia de la interinidad y Guerra Civil de España desde 1868. Y, unas décadas más tarde, hizo lo propio Juan Díaz del Moral en Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, describiendo a «la masa popular desbordada, frenética de ira», como «turbas, ebrias de vino y de satisfacción». Transcurrido más de un siglo, el hispanista francés Jacques Maurice aún hablaba en su libro El anarquismo andaluz del «sangriento levantamiento de Montilla, […] un caso aislado de exasperación popular». Y así llegamos a 2023, cuando El Día de Córdoba, con motivo de los actos organizados por la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque en torno a los 150 años de los Sucesos de Montilla, se hizo eco de la efeméride presentándonos a una «turba» formada por el «populacho», dedicada a asaltar y a incendiar «sin que se conozca bien la motivación última».

A razón de esta cronología, parece evidente que la estampa violenta ha terminado imponiéndose, condicionando irremediablemente la manera de abordar estos sucesos. Y aunque los hechos consumados sean innegables, sorprende la falta de curiosidad y el poco afán por indagar un poco más en unos acontecimientos que, si bien reprobables, tuvieron una gran relevancia en su momento histórico. Por eso propongo mirar a los Sucesos de Montilla desde un prisma más amplio, que nos permita comprender no solo sus secuelas inmediatas, sino también sus antecedentes y su lugar exacto en una época turbulenta y compleja.

Para ello hay que retomar el relato de Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Además de recoger los crímenes cometidos, Díaz del Moral también esbozó en su obra el escenario político y social donde se desarrollaron estos hechos. Así sabemos que en 1873 el ayuntamiento montillano era conocido como «el de las bayonetas». Los monárquicos, mediante fraudes y cambios de chaqueta tácticos, habían conseguido monopolizar el consistorio, y tenían a su disposición «una fuerza armada, a la que llamaban las gentes Partida de la Porra que, […] apaleaba con el menor pretexto o sin pretexto alguno, a sus adversarios políticos». Díaz del Moral concluyó que fue ese «ambiente de violencia y de salvajes rencores» de «pobres contra ricos», y no un movimiento obrero organizado, el que precipitó la insurrección.

Pero esos «salvajes rencores» referidos por el historiador bujalanceño no eran particulares de la sociedad montillana, sino que, más bien, correspondían a un sentimiento compartido por amplias masas de jornaleros y campesinos que, tras las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX, se habían visto privados del uso de las tierras comunales. El descontento ocasionado por el desigual reparto de fincas, acaparadas principalmente por la floreciente burguesía agraria, junto a un difuso anhelo del campesinado por una nueva distribución más equitativa, se convirtieron en el mar de fondo de un sinfín de alzamientos, protestas y motines, de escaso éxito pero con gran repercusión, sobre todo en Andalucía. Especialmente señalados fueron los Sucesos de El Arahal y la Sublevación de Loja, precedentes del levantamiento en armas del pueblo montillano.

El 1 de julio de 1857, unos 200 hombres tomaron las localidades sevillanas de Utrera y El Arahal, en lo que, según los planes de sus instigadores, debía haber marcado el inicio de un alzamiento republicano nacional. Incitados por el político y periodista Sixto Cámara, los sublevados asaltaron ayuntamientos, y, al igual que en Montilla, quemaron los registros municipales de la propiedad, en un intento por hacer borrón y cuenta nueva de cara a la inminente revolución. Para el historiador José Andrés Otero Campos, esta «ingenua» insurrección contó con dos vertientes bien diferenciadas: por un lado sus líderes —miembros de sociedades secretas de tipo carbonario— pretendían derrocar a la monarquía y a su gobierno, mientras que el proletariado rural que secundó el motín, «auténtico protagonista del mismo, manifestó de forma violenta y espontánea su rechazo a la desamortización y a la pauperización de su estatus económico.» Cuatro años más tarde, ese mismo esquema de intereses disonantes se repetiría en la llamada «Revolución del pan y el queso». Cuando el 29 de julio de 1863 un ejercito de 10.000 campesinos, comandados por el albéitar Rafael Pérez del Álamo, entró al ritmo del Himno de Riego en la localidad granadina de Loja, las motivaciones del cabecilla y sus seguidores marchaban en paralelo, a una cierta distancia. Pérez del Álamo quería instaurar la República, «respetando la propiedad, el hogar doméstico y todas las opiniones»; los campesinos que lo siguieron solo deseaban el ansiado reparto agrario que les permitiese salir de una vez por todas de la miseria constante.

Ambas rebeliones fueron aplastadas por el ejército y brutalmente reprimidas, con cientos de sublevados condenados a la pena de muerte. Pero las extremas condiciones del campo andaluz no cambiaron, como tampoco lo hicieron las respuestas extremas de los jornaleros ante las injusticias de los terratenientes. La línea violenta que unía las revueltas campesinas a lo largo de Andalucía continuó su curso, de El Arahal a Loja, de Sevilla a Málaga, de Jerez de la Frontera, donde en junio de 1872 más de doscientas personas se rebelaron y «quemaron el retrato del Papa», a Rota, donde en agosto del mismo año se incendió el cuartel de la Guardia Civil. Y del republicanismo exaltado al anarquismo de la acción directa.

La Gloriosa no trajo consigo la esperada transformación social exigida por el proletariado, que encontró en el socialismo anarquista una respuesta más afín a sus demandas. Como señaló la historiadora Clara E. Lida, «el anarquismo se expandió por las ciudades y los campos de España, especialmente los de Andalucía […] donde la tierra había quedado definitivamente en manos de las oligarquías». En ese contexto sucedió la revuelta de Montilla. En su análisis, Díaz del Moral rechazó categóricamente la influencia de cualquier organización proletaria, situando a los Sucesos de Montilla en la prehistoria de las agitaciones obreras, en tanto en cuanto resultaron de un estallido popular anterior «a la propagación en Andalucía de la Internacional de Trabajadores o no inspirados por ella». Pero, ¿y si aquellos eventos hubiesen sido algo más que una simple explosión aislada de violencia prehistórica? ¿Y si los Sucesos de Montilla supusiesen el punto de inflexión en el que las luchas campesinas andaluzas abrazaron la conciencia de clase anarquista?

A pesar de su fundada argumentación, Díaz del Moral reconoció que para 1871 ya se conocían en el municipio cordobés las doctrinas de la Primera Internacional, y que ese mismo año hubo un intento por crear una sección montillana. Y aunque no participase activamente en el levantamiento, la Federación Regional Española de la Internacional no dudó en hacer campaña a favor de los 40 amotinados arrestados «que no querían jefes ni autoridades de ninguna clase». Estos hechos evidenciarían, como poco, un cierto nexo entre los Sucesos de Montilla y el movimiento anarquista, el cual se vería reforzado a partir de enero de 1874 tras la prohibición de la FRE-AIT y la aparición de disensos internos. Obligados a actuar de forma autónoma en la ilegalidad, y hartos del menosprecio con el que los líderes urbanos trataban a las luchas campesinas, los anarquistas andaluces decidieron continuar «por el camino del extremismo militante y activista». Así lo atestiguan sus acciones expeditvas, como la quema de cultivos, o las publicaciones clandestinas de ese periodo recuperadas por Lida en su libro La Mano Negra, en las cuales se llegó a pedir «Quitar de en medio a todos los hombres cuya influencia moral sobre el proletariado suponga un peligro para el porvenir», y se reclamaba «hacer mucho más», en clara referencia a los estallidos previos en gran parte de Andalucía.

Probablemente la consecuencia más conocida de esta vía de acción directa fue el caso de La Mano Negra, el montaje policial orquestado por el Gobierno de Sagasta que, en palabras de Lida, pretendía «frenar el progreso de la nueva Federación de Trabajadores y aplastar toda la intranquilidad social que bullía en las zonas rurales de España». Sin embargo hubo otro efecto menos sensacionalista pero más determinante para el devenir del movimiento anarquista en España: la llegada del anarquismo comunista. La propaganda por el hecho practicada en Andalucía vino acompañada de esta corriente defendida por Kropotkin que, a la larga, terminaría imponiéndose al anarquismo colectivista oficial de la FTRE, y convirtiéndose en la visión predilecta dentro del movimiento libertario de toda la península.

Por lo tanto, podemos concluir que los Sucesos de Montilla fueron actos violentos. Y que fueron consecuencia de la extrema pobreza en la Andalucía rural. Y que representaron una muestra de la incipiente toma de conciencia de clase del campesinado andaluz. Y que influyeron en la evolución del movimiento libertario, consolidando el uso de la propaganda por el hecho. Y si los Sucesos de Montilla pueden ser vistos desde perspectivas tan diversas, ¿por qué quedarse con una sola?

Fuentes:

Bermejo, I. (1877). Historia de la interinidad y Guerra Civil de España desde 1868. R. Labajos.

Morte, J. (1888). Montilla : apuntes históricos de esta ciudad. Imprenta, Papelería y Encuadernación de M. de Sola Torices.

Díaz del Moral, J. (1967). Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Alianza Editorial.

Lida, C. (1972). La Mano Negra. Anarquismo agrario en Andalucía. Editorial Zero.

Lida, C. (1988). Del reparto agrario a la huelga anarquista de 1883. El movimiento obrero en la historia de Cadiz (pp. 127-161). Diputación Provincial de Cadiz.

Maurice, J. (1990). El anarquismo andaluz. Crítica.

Otero, J. (2015). La revuelta de Utrera de 1857. Los sucesos de Arahal y Utrera. Revista Andalucía en la historia, (47). 60 – 64.