«¿Sabe cuántas muertes han generado las centrales nucleares en España en 60 años? Cero. ¿Sabes cuántas muertes ha generado la gestión de la energía de ustedes? Pues cinco en el apagón.» Así respondió el pasado 14 de mayo el consejero de Medio Ambiente, Agricultura e Interior de la Comunidad de Madrid al ser preguntado sobre los futuros planes nucleares de su gobierno autonómico. Desde el día en que se fue la luz en toda la península ibérica, nadie se ha quedado sin su ración diaria de radioactividad mediática. El lobby nuclear no ha dejado escapar la oportunidad y ha aprovechado para colarnos el uranio como la conveniente solución a todas nuestras preocupaciones energéticas. Se han escrito artículos en primera plana, han proliferado los expertos atómicos en los platós de televisión, y, cómo no, el entusiasmo por la fisión nuclear también se ha filtrado en el discurso político. Lo que no esperaba era que se llegase a mencionar a los muertos.
Quizá envalentonado por la ausencia de una gran catástrofe nuclear patria, el consejero se apresuró a loar la seguridad de un modelo energético cuya peligrosidad ha quedado más que demostrada. La última vez en 2011, en Fukushima. Sin embargo, la historia de la energía nuclear en España también tiene sus propias víctimas. ¿O acaso no cuenta Gladys del Estal Ferreño? Hoy se cumplen 46 años del asesinato de la ecologista donostiarra a manos de un guardia civil.
La vida de Gladys y su injusta muerte están íntimamente relacionadas con el movimiento antinuclear surgido en el País Vasco en la década de los setenta, cuando la eléctrica Iberduero planeaba construir tres centrales en una franja de apenas 52 kilómetros de la costa vasca. Deba, Ea-Ispaster y Lemoiz, además de otro proyecto en la rivera navarra del Ebro, debían haber pasado a engrosar la red de centrales planificadas en el Plan Energético Nacional heredado del franquismo. Tal concentración nuclear rápidamente suscitó los temores de vecinos y ayuntamientos, que en 1974 crearon la Comisión Contra el Riesgo Nuclear. Los esfuerzos de esta primera plataforma dieron sus frutos y se consiguió revocar las construcciones en las localidades de Ispaster y Deba. Sin embargo, las obras de Lemoiz, situada a tan solo 15 kilómetros de Bilbao, prosiguieron su curso, y con ellas las protestas. En mayo de 1976 apareció una nueva asociación crítica con los planes nucleares: la Comisión de Defensa de una Costa Vasca No Nuclear. A partir de ese momento los comités antinucleares no dejaron de multiplicarse por toda Euskal Herria, movilizando a la población masivamente, como en la marcha entre Gorliz y Plentzia, que a finales de agosto de 1976 reunió a 50.000 personas, o en la histórica manifestación de Bilbao en julio de 1977, con 200.000 participantes. En ese clima contestatario germinó en un barrio de Donosti el Grupo Ecologista de Egia, del que Gladys formaba parte.
Hija de exiliados en Venezuela tras la Guerra Civil, Gladys del Estal volvió a Euskadi cuando tenía 4 años. Quienes la conocieron coincidían en describirla como una persona activa y curiosa que no paraba quieta. Compaginaba sus estudios de química con un trabajo de informática, organizaba actividades ambientales para escolares, y, por supuesto, participaba en todos los proyectos del grupo ecologista donostiarra, desde el que se coordinaban las acciones divulgativas de varias asociaciones ecologistas de la región. Cuando los comités antinucleares vascos propusieron junto a la Asociación para la Defensa del Medio Ambiente del Litoral (ADMAR) la Jornada Internacional contra la Energía Nuclear en Tudela, Gladys fue la encargada de organizar el autobús que llevó a los activistas a aquella cita reivindicativa. Nada hacía sospechar entonces el trágico final de la joven de 23 años.
El detonante de aquella Jornada Internacional contra la Energía Nuclear fue un suceso que había conmocionado al mundo entero: el accidente de Harrisburg. El 28 de marzo de 1979, el reactor TMI-2 de la central Three Mile Island sufrió una fusión parcial del núcleo, emitiendo enormes cantidades de gases radioactivos a la atmósfera. Hasta que ocurrió el desastre de Chernóbil, el de Harrisburg era considerado el más grave de los accidentes nucleares. No es de extrañar que tras este evento el pujante movimiento ecologista y antinuclear cobrase un nuevo impulso alrededor de todo el mundo. En Tudela, además de contra el Plan Energético Nacional, también se protestaba contra el Polígono de tiro de las Bardenas, una base militar en pleno Parque Natural donde los cazas de la OTAN practicaban con munición real. Y con ese objetivo el 3 de junio de 1979 el Prado de Tudela se llenó de charlas, debates y conciertos. La concentración contaba con todos los permisos, y transcurría de forma pacífica en un ambiente festivo y familiar, hasta que la Policía Nacional hizo acto de presencia. Tras la primera carga, los manifestantes fueron obligados a retirarse hasta el puente del Ebro, donde Gladys y otros ecologistas decidieron hacer una sentada en señal de protesta ante la injustificada intervención policial. Mientras la Guardia Civil se dedicaba a desalojarlos, sonó un disparo y el cuerpo de Gladys del Estal cayó al suelo.
Las reacciones fueron inmediatas. Los sindicatos convocaron varios días de huelga general, y desde el ayuntamiento de Tudela se emitió un comunicado de condena pidiendo responsabilidades. La policía, por su parte, se afanó en reprimir las protestas que rápidamente se extendieron por varias ciudades, llegando incluso a cargar durante el multitudinario funeral de Gladys en San Sebastián. La rabia por el crimen era generalizada, sin embargo, José Martínez Salas, el guardia civil que disparó, solo fue condenado por imprudencia temeraria con resultado de muerte a una pena de 18 meses de cárcel. A pesar de que varios testigos presenciales relatasen que el guardia había increpado a Gladys con un arma que no tenía el seguro puesto, y de que el forense probase que el disparo se realizó a bocajarro, la sentencia emitida en 1981 por la Audiencia Provincial de Pamplona, y ratificada más tarde por el Tribunal Supremo, dio por cierta una versión de los hechos que nadie presenció: el arma se había disparado accidentalmente después de que un manifestante tratase de arrebatársela al guardia civil.
El oficial Martínez Salas no solo se benefició de la mínima condena aplicable —la cual no se sabe si llegó a cumplir—, sino que, además, fue condecorado hasta en dos ocasiones. En 1993 el Ministro de Interior, José Luis Corcuera, justificó estas insignias en el Congreso de los Diputados, afirmando que «Martínez Salas se encuentra rehabilitado del delito». Pero, como destapó el periodista Urko Apaolaza Avila en una investigación publicada por el 40 aniversario de la muerte de Gladys, el culpable recibió la Cruz Blanca al Mérito de la Guardia Civil el 15 de febrero de 1982, apenas dos meses después de conocerse la sentencia. No parece muy creíble que alguien condenado por imprudencia temeraria pudiese acreditar «relevantes cualidades profesionales o cívicas», tal y como exigía el Reglamento de la Orden del Mérito del Cuerpo de la Guardia Civil de 1977. Curiosa forma de castigar un crimen.
La muerte de Gladys conmocionó a todo el movimiento ecologista, pero no fue el único acto violento que influyó en las protestas antinucleares de Euskal Herria. En 1977, después de que la Diputación de Vizcaya desestimase las alegaciones presentadas por la Comisión de Defensa de una Costa Vasca No Nuclear contra los planes de Iberduero, ETA puso el punto de mira en Lemoiz. La primera agresión sucedió en diciembre de ese mismo año, cuando un tiroteo entre la Guardia Civil y un comando que intentaba acceder a la planta se saldó con la muerte de David Álvarez Peña, uno de los etarras. Los atentados continuaron en los años siguientes: en 1978 una bomba en el reactor central mató a los trabajadores Andrés Guerra y Alberto Negro, y una semanas después de que Gladys fuese disparada, otra explosión se cobró la vida del obrero Ángel Baños. El secuestro y asesinato en 1981 del ingeniero jefe José María Ryan —que también originaría la primera gran protesta contra el grupo terrorista—, y la ejecución un año más tarde de su sucesor, Ángel Pascual, marcaron definitivamente el devenir del conflicto por Lemoiz. Curiosamente, como recogió el historiador Raúl López Romo, la banda armada se había posicionado en un primer momento a favor de la energía nuclear al considerarla una fuente de energía «revolucionaria». Todo parece indicar que la intervención de ETA en Lemoiz se debió más a una decisión estratégica con la que granjearse las simpatías del fuerte movimiento antinuclear, que a una preocupación medioambiental genuina.
Pausado desde 1982, el proyecto de Lemoiz quedó oficialmente abandonado en 1984, cuando el gobierno central del PSOE decretó la moratoria nuclear. Para muchos activistas la intromisión de ETA supuso un paso atrás en unas reivindicaciones no violentas que contaban con un amplio apoyo en todas las capas de la sociedad vasca. Otros, sin embargo, opinan que la intervención armada fue determinante en la paralización de la planta nuclear. En cualquier caso, algo es seguro: se perdió la oportunidad de ganar la batalla nuclear por la vía pacífica, que fue la vía de Gladys del Estal. Los gobiernos autonómico y central, desoyendo las demandas de la población, y la banda armada, en su intento por coaptar el movimiento ecologista, hicieron correr la sangre. Y si algo demuestra la historia de las luchas ecologistas es que, cuando se desata la violencia, los defensores del medioambiente siempre terminan pagándolo.
Un informe publicado el año pasado por Global Witness denunciaba que en 2023 murieron asesinadas 196 personas defensoras de la tierra y el medioambiente. Desde que esta ONG internacional empezó en 2012 a contabilizar las muertes, habrían sido asesinados en todo el mundo 2.106 activistas ambientales, con una incidencia especialmente elevada entre las comunidades indígenas opuestas a proyectos extractivistas y de deforestación. Este mismo año los nombres de Juan Bautista Silva, Juan Antonio Silva y Francisco Marupa se han unido a los de Berta Cáceres y Manuel Esteban Páez Terán en una siniestra lista de crímenes impunes que no deja de crecer. Y junto a ellos, no podemos olvidar a Gladys del Estal, asesinada por defender su tierra de la amenaza nuclear. Ahora que el brillo tóxico de nuevos planes radioactivos se vuelve a vislumbrar en el horizonte, su lucha es más actual que nunca.
Fuentes:
Pérez-Nievas, F. (2 de junio de 2019). La versión que no vio nadie. Noticias de Gipuzkoa. https://www.noticiasdegipuzkoa.eus/sociedad/2019/06/02/version-vio-nadie-3842996.html
Gaztelumendi, B. (2019). Ez, eskerrik asko: La ventana de Gladys. [Película; video online]. Tentazioa. https://www.youtube.com/watch?v=GLo_8GDpgvw
Apaolaza, U. (2019). Gladys del Estal. Larrun, [240]. Argia. https://www.argia.eus/astekaria/docs/2638/azala/larrun_240-2.pdf
López, R. (2012). Euskadi en duelo: la central nuclear de Lemóniz como símbolo de la transición vasca. Fundación Euskadi 2012.
