La masacre corporativa de Bhopal

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Hoy se cumplen 40 años del que se considera el peor accidente industrial de la historia: el desastre de Bhopal. Accidente, desastre, catástrofe o tragedia han sido algunos de los apelativos que, durante todo este tiempo, han acompañado a los hechos ocurridos aquella madrugada del 3 de diciembre de 1984. Son todos términos pertinentes y acertados, capaces de transmitirnos el horror vivido en aquellas aciagas horas. Pero no dejan de ser palabras, unidades cargadas de un sentido rara vez inocuo. Quien pretenda conocer un suceso histórico por el nombre asignado, puede caer en el error de dar por absoluta lo que solo es una lectura parcial. Por eso, aún a riesgo de sonar áspero como una canción de crust punk de los noventa, he decidido titular el artículo con las mismas palabras que emplease la activista Rachna Dhingra en el documental Bhopal 84: «No solo es el peor desastre industrial del mundo, sino también la mayor masacre corporativa de la historia.» ¿De qué otra forma se puede calificar la negligencia empresarial que acabó con la vida de miles, y puso en peligro a más de medio millón de personas?

No cabe duda de que la fuga de gas tóxico ocurrida en la planta química de Union Carbide India Limited (UCIL) fue una tragedia sin precedentes. La cifras oficiales aportadas por el Gobierno indio así lo confirman: 3.787 fallecidos y 574.366 heridos. Y si acudimos a otras fuentes, el espanto no deja de crecer. Algunas estimaciones calculan que durante las dos semanas posteriores al accidente 8.000 personas perdieron la vida. Desde entonces, las muertes derivadas de enfermedades directamente relacionadas con el gas habrían superado las 16.000. Por ponerlo en perspectiva, el Foro de Chernobyl estimó en 2005 que la exposición a la radiación del reactor nuclear había causado 4.000 defunciones. La magnitud de la catástrofe abruma, y es humano dejarse arrastrar por el infortunio y la fatalidad. Pero si se quiere tener una foto completa de lo ocurrido en Bhopal, la compasión debe dar paso a un análisis del suceso más frío y económico. Solamente considerando los vaivenes bursátiles, las juntas de accionistas y los pronósticos de ganancias que precedieron y sucedieron al desastre, es posible valorarlo en su justa medida. A fin de cuentas, el peor accidente industrial de la historia es indisociable de la organización capitalista que lo desencadenó.

Una bonita fábrica

Union Carbide ingresaba en 1980 10 mil millones de dólares. Desde su fundación en 1917, este conglomerado empresarial había conseguido convertirse en la tercera compañía química más grande de Estados Unidos. En su planta de Institute, West Virginia, en el valle del río Kanawha —lugar conocido como Chemical Valley, donde también se fabricaba el infame Agente Naranja—, se desarrollaban y producían diversos compuestos químicos destinados a cubrir una creciente demanda global. Entre ellos destacaba el isocianato de metilo (MIC), uno de los componentes indispensables y altamente tóxicos del popular pesticida Sevin.

En 1969, previendo nuevos horizontes de expansión y alentada por los pingües beneficios que prometía la Revolución verde en India, la compañía decidió apostar fuerte por el mercado asiático. Así fue como Union Carbide, a través de su sucursal UCIL, abrió en la capital del estado de Madhya Pradesh una fábrica con capacidad para producir hasta 5.000 toneladas de pesticida al año. «Era una fábrica realmente bonita», llegó a afirmar su director Warren Woomer. Y aunque en una primera fase el MIC era importado de la planta en West Virginia, pronto se cerraría un acuerdo entre la multinacional y el Gobierno indio que permitiría a la química no solo producir su propio MIC en Bhopal, sino también eludir las restricciones a inversores foráneos impuestas por la Ley de regulación de capital extranjero (FERA). A principios de la década de los ochenta, Union Carbide había conseguido mantener el 50.9%. de las participaciones de su filial y, con ello, el control total sobre sus operaciones.

Todo parecía encaminado hacia un nuevo éxito empresarial, pero las previsiones fallaron. Como recoge la periodista Jennifer Wells en el reportaje The ghosts of Bhopal, «el mercado interno nunca generó suficiente demanda para que la planta se acercara siquiera a su capacidad de 5.000 toneladas. En 1981, la planta funcionó a la mitad de su capacidad. En 1983, la instalación produjo poco más de 1.600 toneladas.» Muy lejos de los pronósticos optimistas, con unas pérdidas que en 1984 se acercaban al millón de dólares, la fábrica de Bhopal afrontaba su efectivo desmantelamiento. Según la plataforma International Campaign for Justice in Bhopal:

«en 1983 se llevó a cabo un importante esfuerzo de reducción de gastos (que incluyó el despido de 335 trabajadores), lo que le permitió a la empresa ahorrar 1,25 millones de dólares ese año. […] El personal de la planta MIC se redujo de 12 a 6 empleados, la plantilla de mantenimiento en la misma planta se redujo de 6 a 2 trabajadores. El periodo de formación en seguridad para los operarios de la planta MIC se acortó de 6 meses a 15 días. En la sala de control solo había un operador que se encargaba de supervisar más de 70 paneles, indicadores y controladores, muchos de los cuales fallaban a menudo. Entre 1983 y 1984, la fuerza laboral se redujo a la mitad.»

Al mismo tiempo que se implementaba una estricta política de recortes, que, entre otras acciones, llevaría a desactivar la torre de combustión y el sistema de refrigeración de los depósitos de MIC, comenzaron a aparecer los primeros signos de alarma. El 25 de diciembre de 1981 una fuga de fosgeno mató al trabajador Ashraf Khan, e hirió gravemente a dos de sus compañeros. A los pocos meses se llevó a cabo una auditoría de seguridad que reveló 61 amenazas potenciales, 30 de las cuales eran graves, con 11 de ellas localizadas en la unidad MIC. A raíz de este informe se implementaron nuevas medidas y protocolos de seguridad, pero solo en las instalaciones de West Virginia. La fábrica de Bhopal continuó siendo ignorada, a pesar de que cada vez más voces alertaban del peligro latente. Ese fue el caso del periodista Rajkumar Keswani, que desde 1982 llevaba intentado concienciar a la población y a los gobernantes de la ciudad de los riesgos de la planta química. El asunto escaló hasta la asamblea legislativa de Madhya Pradesh, donde se presentó una moción para trasladar la fábrica. Emplazada en la barriada Jaiprakash Nagar, a escasos metros de las vías del tren, la planta de Union Carbide se alzaba en una explanada abarrotada de chabolas. Sin embargo, el ministro de trabajo Tara Singh Viyogi rechazó el plan con una frase que aún hoy resuena: «No hay peligro para Bhopal, ni lo habrá nunca».

Efecto material adverso

Válvulas que no funcionaban, medidas de seguridad inactivas, una plantilla mermada y mal preparada. Así se llegó a la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984. Aquel día el tanque 610 almacenaba sin la debida refrigeración 41 toneladas de MIC, un 30 por ciento más de la capacidad recomendada. Poco antes de la medianoche, la presión del depósito se disparó ocasionando el fatal escape. La mayoría de los vecinos de Jaiprakash Nagar dormía cuando la nube tóxica se precipitó sobre ellos. Debido a que el MIC es más pesado que el aire, el gas afectó especialmente a las personas que en ese momento descansaban en sus camas, a niños y a animales. La alarma que debía haber avisado a la población comenzó a sonar varias horas más tarde, cuando el tanque 610 ya estaba vacío.

La posterior investigación llevada a cabo por el Central Bureau of Investigation de India determinó que la fuga fue consecuencia de una reacción exotérmica descontrolada causada por una filtración de agua en el interior del depósito. Según los científicos, detrás de este incidente se encontrarían los trabajos de limpieza realizados en las inmediaciones del tanque. Union Carbide, por su parte, señaló que el detonante habría sido un acto de sabotaje perpetrado por un trabajador descontento, una hipótesis que nunca llegó a ser demostrada.

En cualquier caso, la multinacional se tomó muy en serio el accidente; su valor bursátil caía en picado. Incluso su presidente, Warren Anderson, se personó en Bhopal 3 días después del desastre, aunque su estancia en la India fue más bien breve debido a los cargos de homicidio imprudente que se le imputaban. Eso sí, de vuelta en suelo norteamericano, el directivo declaró confiado que las víctimas serían «compensadas de manera justa y equitativa», y que la situación de Bhopal no tendría un «efecto material adverso» en los resultados económicos de Union Carbide.

Costó cuatro años de negociaciones —y la intervención del mismísimo Henry Kissinger— alcanzar una resolución: Union Carbide pagaría 470 millones de dólares en concepto de indemnización, seis veces menos de la cantidad reclamada inicialmente por las autoridades indias. Como apuntó en su momento el periodista Malcolm Gladwell, al menos 400 millones habían sido cubiertos por el seguro de la compañía y un fondo de reserva, por lo que el mayor desastre de la historia industrial le salió a Union Carbide por unos 70 millones de dólares, una minucia teniendo en cuenta que en 1988 la corporación se había embolsado 8.000 millones. Aquel acuerdo, como suelen decir los gurús de la estrategia, resultó ser un verdadero win-win para la multinacional: consiguieron incrementar la cotización de sus acciones, al mismo tiempo que se guardaban las espaldas ante cualquier acción judicial ulterior contra la empresa y su presidente. Los vaticinios de Anderson no podían haber sido más acertados, salvo por el pequeño inconveniente de las víctimas.

Sí, se construyeron hospitales, se crearon fondos benéficos y se diseñaron programas de indemnización para los damnificados. Pero todas estas medidas pronto se revelaron insuficientes e ineficaces. A día de hoy, con un sistema de salud colapsado, y unas ayudas limitadas que, en el mejor de los casos, solo llegan a un reducido porcentaje de la población, las secuelas de un accidente ocurrido hace 40 años ya afectan a la tercera generación de bhopalíes. En la clínica Sambhavna Trust se entremezclan pacientes crónicos expuestos al gas y recién nacidos con malformaciones asociadas a las aguas contaminadas por los residuos tóxicos de la fábrica. Satinath Sarangi, el fundador de la clínica, tiene claro quién es el responsable de esta situación:

«El único organismo que tenía toda la información antes del desastre era la propia Union Carbide. Pero se niega a compartir la información médica, que podría ser usada para tratar a estas personas. […] Y ellos dicen que no la van a compartir porque es secreto comercial.»

Satinath Sarangi y Rachna Dhingra son algunos de los activistas que aún continúan luchando por conseguir justicia. Pero 40 años es mucho tiempo, y la responsabilidad por el desastre se ha ido diluyendo en una sucesión de operaciones financieras. A efectos prácticos, Union Carbide ha dejado de existir. La que fuese la mayor accionista de la fábrica de Bhopal fue absorbida en 2001 por Dow Chemical. Este gigante químico, valorado en más de 121,1 mil millones de dólares y que se presenta así mismo como líder del sector «en materia de sostenibilidad medioambiental», se niega a reconocer cualquier tipo de responsabilidad relacionada con el accidente, alegando que «Dow nunca estuvo en Bhopal». Actualmente, ni Dow Chemical, ni el gobierno del estado de Madhya Pradesh, propietario de la parcela en la que aún continúan las viejas estructuras de la planta, se han hecho cargo de las labores de limpieza, desmantelamiento y descontaminación de la zona, a pesar de que miles de familias aún continúan asentadas en un terreno alarmantemente tóxico. La única consecuencia legal hasta el momento ocurrió en 2010, cuando un tribunal indio sentenció a siete ex empleados de UCIL a dos años de prisión y al pago de una multa de 100.000 rupias. Warren Anderson se pudo jubilar tranquilamente en 1986, y falleció en 2014 sin haber afrontado ningún juicio.

«Lobbyists reap blood money […] / Corporate retreat / Dead on the streets». Así dice la canción Corporate Retreat de la desaparecida banda de hardcore Capitalist Casualties. Lo que muchos no dudarían en tachar de provocación, exageración o macarrada punk, se convierte en una detallada descripción al rememorar la masacre corporativa de Bhopal. Solo llamando a las cosas por su nombre podemos evitar el olvido forzoso que impone el capitalismo.

Fuentes:

Lapierre, D. y Moro, J. (2001). Era medianoche en Bhopal. Booket.

Wells, J. (2014). The Ghosts of Bhopal. Toronto Star. https://projects.thestar.com/news/world/2014/11/21/the_ghosts_of_bhopal.html

Dallabrida, P. y Giovanaz, D. (2020). Bhopal 24. [Película]. Brasil de Fato. https://www.youtube.com/watch?v=lun5kNa8Wbs

International Campaign for Justice in Bhopal. https://www.bhopal.net/

Capitalist Casualties. (2008). Corporate Retreat. [Canción]. En Capitalist Casualties / Hellnation Split. Sound Pollution Records.