Okupa, que algo queda

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A veces se me olvida lo cerca que tenemos la historia. El último recordatorio me ha llegado directamente al móvil, en forma de buena noticia en el chat de vecinas: al fin se va a instalar un semáforo en el cruce infernal que tiene al barrio acorralado. ¡Victoria! Tras meses de reuniones, quejas y protestas, la presión vecinal ha conseguido que los representantes políticos atiendan las necesidades de sus conciudadanos. Y para ello solo ha hecho falta organizarse y salir a la calle a cortar el tráfico; ahí parece haber algún tipo de moraleja. La cuestión es que, mientras me deslizaba entre las muestras de júbilo del chat, de la alegría de esa familia que cada mañana tiene que esquivar coches de camino a la escuela, al gozo del jubilado que pronto podrá pasear sin miedo a ser atropellado, me poseyó una especie de orgullo de portal. Arrebatado por el logro, estuve varias horas leyendo sobre la barriada y su historia, saltando de un artículo a otro, hasta que me topé con un suceso inesperado: el edificio en el que ahora vivo fue una vez una casa okupa.

Lobmeyrhof: Jubiläumshäuser → Gemeindebau → Autonome Zentrum

Reconozco que cuando recalé en Lobmeyrhof, en mitad de la pandemia, no me interesé demasiado por su pasado; lo único que me importaba entonces era escapar de las voraces fauces de mi casero. Y lo conseguí por la puerta grande, con un contrato de alquiler regulado e indefinido. ¿No son palabras hermosas? Solo con el paso del tiempo comprendí que había puesto el huevo en un inmueble histórico. Nombrado en honor de un afamado fabricante de vidrio, y construido en 1900 con los fondos del 50 aniversario del reinado del emperador Franz Joseph (Kaiser-Franz-Joseph-Jubiläumsstiftung), Lobmeyrhof fue uno de los primeros ejemplos de vivienda pública en Austria, y predecesor de los Gemeindebauten de la Viena Roja. Sus modernos apartamentos con baño privado fueron ideados para acoger a la creciente clase trabajadora que a principios del siglo XX se apiñaba en la capital austrohúngara, e incluso sirvieron de refugio a la resistencia comunista contra el nazismo. Pero la historia que desenterré ocurrió mucho más tarde, cuando las tímidas aspiraciones revolucionarias de la socialdemocracia ya se habían diluido por completo.

El 7 de julio de 2011 Lobmeyrhof se convirtió en el «Autonome Zentrum Ottakring». Un grupo de voluntariosos anarquistas del autonome Bewegung decidió okupar el edificio y establecer un centro social en el distrito 16. Tras años de abandono, y entre rumores de derribo, solo 2 de los 152 apartamentos de Lobmeyrhof seguían habitados. Wiener Wohnen, la empresa municipal encargada de gestionar la vivienda pública, había forzado la rescisión de la mayoría de los contratos de alquiler, pero aún resistían dos arrendatarios. Y por ese resquicio se colaron los okupas.

Por mucho que la Susanna Griso de turno se empeñe en imputarles las más perversas intenciones, aquellos insospechados inquilinos llegaron con una propuesta de lo más digna: darle al edificio una nueva vida. Querían dotarlo de mediateca, centro de asesoramiento gratuito para mujeres, migrantes y jóvenes, comedor popular, sala de juegos para niños, y otros tantos espacios abiertos para el disfrute de todo el vecindario. En el fondo, la motivación de los okupas no distaba mucho de la que en su día llevó al consistorio de Viena a comprar el inmueble y a incorporarlo a su parque de vivienda protegida. Como declaró tras la adquisición en 1979 el concejal de vivienda Johann Hatzl, «el municipio, como el mayor propietario de viviendas de Viena, sigue una política diferente a la de los especuladores, que dejan que las casas antiguas se deterioren y abandonan a los residentes, en su mayoría personas mayores». Y con esa misma voluntad, los ocupantes plantearon a Wiener Wohnen un acuerdo que permitiese el aprovechamiento social del recinto. Una idea para nada descabellada, si se tiene en cuenta que la coalición entre socialdemócratas y verdes, que en 2011 gobernaba la ciudad, llevaba en su programa electoral la promesa de legalizar el uso provisional de inmuebles vacíos (Zwischennutzungen). Pero todos esos proyectos se desvanecieron en cuestión de una semana.

El 14 de julio de 2011, la unidad especial de la policía vienesa desalojó Lobmeyrhof. La cita en la que okupas y administradores debían haber acordado las condiciones de la posible cesión se saldó con una redada en toda regla. Tras casi 4 horas de operativo, los activistas atrincherados en uno de los áticos fueron detenidos y sacados de la finca. La prensa autorizada dejó constancia de la exitosa operación policial, mientras que cualquier medio sospechoso de ser crítico con la actuación fue expulsado del perímetro bajo «prohibición de prensa». Escoltada por agentes de policía, Daniela Strassl, la que fuese directora de Wiener Wohnen, salió en defensa del desahucio declarando que los okupas «estaban en la casa sin consentimiento».

Quién se haya enfrentado alguna vez al mercado inmobiliario habrá reconocido la escena de inmediato: cuerpos represivos del estado al servicio de los intereses de grandes propietarios. Nada nuevo bajo el sol; la ocupación siempre ha tenido en el punto de mira a acaparadores que quieren hacer pasar su codicia como un derecho fundamental. Sin embargo, tan hondas han calado las soflamas mediáticas que a todas horas nos alertan del inminente peligro okupa, que hasta quien no tiene dónde caerse muerto siente hoy miedo de ser ocupado. Nos han inculcado un terror atávico que nos hace ver la ocupación como una lacra a eliminar. Pero solo se trata de histeria contagiada. La historia demuestra que en varios momentos del pasado la ocupación fue una práctica común, extendida y aceptada, amparada incluso por organismos gubernamentales.

Siedlerbewegung, los okupas de la Viena Roja

Una de esas experiencias se dio, precisamente, en Viena. Tras el derrumbe del Imperio austrohúngaro, la acuciante escasez de alimentos y la falta vivienda llevaron a gran parte de la población a ocupar los terrenos que rodeaban la metrópolis. Llamados en alemán Siedler, estos colonos del extrarradio no solo se dedicaron a cultivar las parcelas apropiadas, sino que también construyeron allí sus hogares. Como recoge la arquitecta e investigadora Sophie Hochhäusl en su estudio sobre los asentamientos austriacos, en 1918 aproximadamente «100.000 personas vivían en refugios informales en las afueras de la capital», una masa crítica que no tardó en convertirse en un movimiento reivindicativo conocido como Siedlerbewegung.

Durante los primeros años de la República Austriaca, los Siedler se agruparon en cooperativas y organizaron manifestaciones masivas pidiendo a los dirigentes políticos medidas que aliviasen el problema habitacional. Reunidas bajo la secretaría del filósofo y economista austromarxista Otto Neurath, 230 de estas cooperativas locales constituyeron en 1921 la asociación Österreichischer Verband für Siedlungs- und Kleingartenwesen, un verdadero grupo de presión cuya finalidad era, según Hochhäusl, «asegurar los derechos de los hortelanos y colonos sobre las tierras que ocupaban». Sus demandas fueron finalmente escuchadas por alcalde de Viena, Jakob Reumann, que durante una multitudinaria manifestación en abril de 1921 prometió el tan ansiado apoyo municipal. Ese mismo año el consistorio creó la oficina municipal de asentamientos y Gemeinwirtschaftliche Siedlungs- und Baustoffanstalt (GESIBA), el organismo encargado de suministrar materiales de construcción a las cooperativas del Siedlerbewegung. De acuerdo con el historiador de la arquitectura Helmut Weihsmann, este modelo de financiación permitió a los Siedler acceder a una vivienda a muy bajos costes, pagando «anualmente alrededor del uno por mil del coste de construcción».

De entre todos los variopintos asentamientos que se beneficiaron de esta cooperación institucional, hubo uno que bien podría haber servido de precedente a la ocupación de Lobmeyrhof: el Reformsiedlung Eden. Este Siedlung al oeste de Viena, en el que estuvo involucrada la arquitecta Margarete Schütte-Lihotzky, fue concebido desde su inicio como una comuna libertaria basada en las ideas del Bund herrschaftslose Sozialisten y, sobre todo, de Pierre Ramus. Ramus —sobrenombre del ideólogo anarquista Rudolf Großmann— entendía los asentamientos como células organizadas desde las que propiciar la revolución social, y así lo dejó escrito en su obra Die Neuschöpfung der Gesellschaft durch den kommunistischen Anarchismus:

«Los sindicatos y las cooperativas, pero sobre todo los asentamientos agrícolas, con su acción y actividad socioeconómica directa y constructiva, tienen que sacudir y remover el suelo de los viejos poderes, para ofrecer a la gente tantas posibilidades de nuevas vidas dentro de comunidades anarcocomunistas de libre economía, que el Estado y el capitalismo se disuelvan y entren en un proceso económicamente insoportable de autodestrucción, que termine con su desaparición.»

El Reformsiedlung Eden no consiguió instaurar el comunismo libertario en Viena. Las dificultades financieras, y las discrepancias entre los integrantes de la comunidad impidieron la puesta en práctica de una verdadera experiencia libertaria. En 1922, Ramus achacó el fracaso a «la influencia de la socialdemocracia». El ayuntamiento de Viena, por su parte, había dado un giro a su política urbana: en 1923 los Seidlung pasaron a un segundo plano frente al modelo de superblocks de los Gemeindebauten, los cuales terminarían imponiéndose en la Viena Roja.

¡Un desalojo, otra okupación!

Hace poco, Pablo Oliveros Gregorio se preguntaba en un artículo de El Salto «¿qué perdemos cuando nos arrebatan un centro social?» El periodista nos animaba así a valorar y a defender las distintas formas de resistencia comunitaria, más allá de la política institucional. Me uno a su reflexión y añado una pregunta más: ¿qué queda tras el desalojo de un espacio okupado?

Aunque no lograse su ambiciosa meta, el Siedlung Eden aún existe hoy día, y las casas diseñadas por Schütte-Lihotzky que construyeron los propios Siedler todavía se mantienen en pie. Con Lobmeyrhof ocurre algo parecido. La policía y el ayuntamiento truncaron cualquier intento de autogestión, y el edificio permaneció cerrado durante los 2 años que tardaron en dar comienzo las obras de remodelación. Pero las acciones de los okupas dejaron huella. Así lo demuestran el comunicado con el que la agrupación estudiantil del partido de Los Verdes pidió al gobierno municipal «apoyo en lugar de amenazar con el desalojo», la campaña impulsada por la organización IG Kultur Wien a favor de una agencia pública para el uso de inmuebles vacíos, o la cobertura crítica que los medios alternativos siguieron haciendo de la renovación del edificio.

En 2016 el ayuntamiento de Viena finalmente creó la agencia Kreative Räume, responsable de la concesión de espacios vacíos para proyectos culturales. Ese mismo año Lobmeyrhof reabrió sus puertas. Gestionado por la empresa municipal WISEG, el edificio se modernizó conservando su fachada original y, lo más importante, manteniendo su propósito social. Además de alquileres asequibles, el nuevo Lobmeyrhof también ofrecía pisos compartidos para personas mayores, y apartamentos tutelados para gente sin hogar en riesgo de exclusión social. Y yo me pregunto, ¿habría sido así sin los okupas?

Cada cierto tiempo aparece un nuevo reportaje alabando la política de vivienda pública de Viena como un ejemplo a seguir. Y no sin razón; yo mismo pienso cada día con alivio en mi contrato de alquiler subvencionado. Pero esos análisis rara vez tienen en cuenta a los movimientos sociales, okupas o vecinales que con sus luchas consiguieron inclinar el tablero en favor de los derechos de los ciudadanos. Perder un centro social significa perder fuerza para empujar por nuevos horizontes, pero también para defender los ya alcanzados. Si se quiere conservar lo logrado y aspirar a mejorarlo, no queda otra que hacernos cargo, recoger el testigo y aplicarnos el clásico lema de ¡un desalojo, otra okupación!

Por cierto, en el chat de vecinas ya se está organizando la próxima manifestación; no vaya a ser que el semáforo se quede en simple promesa electoral.

Fuentes:

Hochhäusl, S. (2014). Grass Roots Modernism: Architecture and Organization in Austrian Settlements and Allotment Gardens, 1921‐1925. En N. Elleh (Ed.), Reading the Architecture of the Underprivileged Classes (pp. 119-136). Ashgate.

Pavlic, A. (2019). «…was den Anbeginn der neuen Gesellschaft bildet». Die Reformsiedlung Eden als Trojanisches Pferd der Anarchie. En W. M. Schwarz, G, Spitaler y E. Wikidal (Eds.), Das Rote Wien 1919–1934. Ideen, Debatten, Praxis. Wien Museum.

Weihsmann, H. (1985). Das rote Wien: sozialdemokratische Architektur und Kommunalpolitik, 1919-1934. Promedia.

Ramus, P. (1920). Die Neuschöpfung der Gesellschaft durch den kommunistischen Anarchismus. Erkenntnis und Befreiung.

Reis, J. (22 de julio de 2011). Lobmeyr-Hof geräumt! Wiener Wohnen lässt sich durch WEGA bei «Verhandlungstermin» vertreten. Freies Medium Ottensheim. https://fm5ottensheim.blogspot.com/2011/07/lobmeyr-hof-geraumt-wiener-wohnen-lasst.html

Rathaus-Korrespondenz. (30 de abril de 1979). Presse- und Informationsdienst der Stadt Wien. https://www.digital.wienbibliothek.at/wbrobv/periodical/pageview/3449870?query=Lobmeyrhof

GRAS Grüne & Alternative StudentInnen. (12 de julio de 2011). GRAS:Forderung an Rot-Grün: Unterstützen statt Lobmayrhof räumen!. https://www.ots.at/presseaussendung/OTS_20110712_OTS0189/grasforderung-an-rot-gruen-unterstuetzen-statt-lobmayrhof-raeumen

IG Kultur Wien. (2014). Positionspapier zu Leerstand und Zwischennutzung. https://igkulturwien.net/projekte/freiraum-leerstand/positionspapier-zu-leerstand-und-zwischennutzung